22/12/09

Adolescentes en tiempos de crisis

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Article de Vicente Carrión Arregui.
Font: El País. 21 de desembre de 2009.
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  • No debemos permitir que que la vida virtual del joven adicto le desconecte
  • La experiencia compartida es fundamental para fijar justificar los límites

Cuando hablamos de los adolescentes tendemos a oscilar entre dos extremos. Uno, el análisis adulto y riguroso que intenta comprender racionalmente lo incomprensible ignorando la empatía mínima -adultos que reflexionan como si nunca hubieran sido jóvenes-; y otro, el buenismo cómplice que busca acercarse al adolescente desde una comprensividad que en nada le beneficia.

Entre ambas perspectivas se echan en falta, especialmente en el tema de las adicciones, las intervenciones derivadas de las experiencias vividas, las de quienes han conocido, querido y disfrutado de la noche, el alcohol y los porros y hablan así de ello con conocimiento de causa para justificar los límites; esos límites que permitieron al educador comprender qué cantidad de minas explosivas se ocultaban en el camino de la fiesta sin freno.

Creo que la credibilidad personal de las experiencias compartidas posibilita una mayor empatía a la hora de hacer comprender a los jóvenes cómo casi nunca funciona el “cuanto más, mejor”, que es muy falsa la idea que asocia la libertad con la ausencia de límites. Límites, sí, más que prohibiciones absolutas que fomentan conductas reactivas. En la búsqueda de nuevas experiencias hay un elemento de curiosidad, pasión, entusiasmo, etc., que no deberíamos sofocar. El exceso puede ser nocivo pero la emoción que lo provoca puede ser una energía muy positiva, constructiva y creadora. Una búsqueda de sentido que no encuentra cauces espirituales en nuestras sociedades agnósticas, una búsqueda de comunicación, afecto y sexo que no deberíamos reprimir sin más, sino ayudar a encauzar de un modo más saludable.

Esa labor de ayuda al joven, que como educadores nos sentimos obligados a realizar, no creo que sea muy efectiva si la planteamos desde un punto de vista moral o coercitivo. Si no conviene prohibir tajantemente que el joven salga, conduzca, fume, beba a tenga relaciones sexuales, tendríamos que apostar por tener la confianza suficiente para conocer qué límites se marca a sí mismo, y eso sólo es posible si mantenemos un grado de presencia que nos permita enterarnos de lo que hace (…).

Límites y presencia, sí, pero sobre todo voluntad. El problema principal de las adicciones estriba en ello, en la poca fuerza que el sujeto acumula para distanciarse del atractivo de lo inmediato. Sólo ayudándole a cultivar esa fuerza interior podemos aspirar a que el adolescente no se deje envolver por la dulce indolencia de la noche, los tragos, el ordenador, la tele, los porros, las chuches o las relaciones indeseables. No se trata tanto de pelear contra los riesgos sino conseguir ilusionarse por otras actividades más satisfactorias. En muchas ocasiones, las adicciones juveniles no son sino una manera de combatir el aburrimiento, el tedio, el abandono y la sordidez existencial. Si tanto desde el ámbito familiar y escolar como desde las instancias municipales se potenciaran más actividades juveniles orientadas al fomento de un tiempo libre más creativo, quizás pudiéramos achicar un poco el creciente espacio del botellón, los porros y el desmadre. El aprendizaje musical, el deporte, la lectura, las manualidades, la buena alimentación, etc., sólo producen satisfacciones cuando se cultiva la voluntad y se crean hábitos, rutinas y procesos completamente incompatibles con la dejadez característica de quien flota por la vida sin interesarse por nada, de juerga en juerga porque nadie le exige responsabilidades ni económicas ni horarias ni académicas.

Porque el atractivo de las experiencias estupefactas es muy intenso e innegable. Sin esfuerzo alguno uno accede a estados de ánimos y sentimientos extraordinariamente placenteros que parecen desmentir el reiterado mensaje adulto de que las cosas se consiguen con mucho esfuerzo y al que algo quiere, algo le cuesta. Gracias al alcohol o a los porros, por centrarme en las drogas más comunes, uno se siente más ingenioso o atrevido para ligar, hablar, comunicarse o expresarse. Esa timidez que atenaza a los jóvenes frente al otro sexo o frente a los adultos parece desaparecer y uno se vuelve más fuerte, listo y poderoso, como si hubiera encontrado dentro de sí recursos con los que no contaba. Ese “poder del ahora” del que habla Eckhart Tolle y buena parte de las tradiciones místicas parece alcanzarse sin las tediosas sesiones de meditación, ayuno o paciencia que recomiendan los entendidos. Si a ello añadimos que tal inmersión en lo inmediato parece liberarnos del peso de los malos rollos de la vida diaria o nos ayuda a proyectar la culpa de nuestros problemas en los otros, sean quienes sean, porque mientras bebemos o fumamos “somos cojonudos”, se entenderá qué difícil es que nuestros jóvenes atiendan las recomendaciones y consejos de padres y profesores, especialmente si éstos reconocen que no beben ni fuman ni se colocan y ya no recuerdan de qué va una noche loca. Menos mal que la resaca, la irritabilidad que sucede al colocón, la distorsión en la idea de sí mismo, de su ego, o la tendencia a considerar que la vida auténtica es la que se oculta a padres y profesores nos dan la pista de la adicción (…).

La experiencia de doble vida puede ser necesaria para determinados individuos que necesitan fraguar en solitario sus aficiones, criterios y actitudes vitales. Hemos de respetarles, muchas veces muy a nuestro pesar, porque hemos de intentar que por mucho que se tense el hilo jamás llegue a romperse, que siempre quede entreabierta la puerta hacia sus padres y educadores, que siempre haya algún adulto dispuesto a prestarle atención, paciente al escuchar sus disculpas, excusas o mentirijillas. Es nuestra obligación no dar a nadie por perdido, no permitir que la vida virtual del joven adicto le desconecte completamente del día a día y tanto la escuela como la familia son los escenarios principales para que la reconexión sea posible. De algún profesor escuché comentarios del tipo: “mientras no ronque no me importa que duerma” y yo creo que no, que no podemos dejar a nadie en el limbo porque a los profesores nos pagan para ejercer de despertadores a jornada completa: en clase, en el patio, en el pasillo y a la puerta del instituto si hace falta.
Vicente Carrión Arregui es profesor de instituto. Este artículo es un resumen de la ponencia que presentó en el congreso Adolescentes en tiempos de crisis, celebrado en Portugalete.

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