25/5/09

El viaje más costoso

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Font:  El Correo. 25 de maig de 2009.
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Llegan en un goteo incesante, a veces incluso hasta cinco por semana. Los presos españoles forman la comunidad extranjera más numerosa de las cárceles marroquíes, y su número no deja de aumentar desde que la crisis económica azota los bolsillos más vulnerables. En paro o con la soga al cuello, cada vez son más los que se arriesgan con el tráfico de hachís, en busca de un dinero fácil que puede salir muy caro.

Sólo en los cuatro primeros meses de este año, el número de reos españoles en Marruecos ha aumentado un 20%. Según datos de la Fundación Ramón Rubial-Españoles en el Mundo, a finales de 2008 había 220 reclusos distribuidos por una decena de cárceles del país magrebí, aunque la gran mayoría se concentran en Tánger. Antes de que empezara el mes de mayo ya sumaban 265, principalmente andaluces, pero también muchos madrileños y vascos, que acaban hacinados, según denuncian los propios presos, en celdas plagadas de cucarachas y ratas.

La cifra se ha triplicado en los últimos diez años. Los controles se han reforzado tanto en Marruecos como en España, especialmente desde 2003, año en que se recogió la mayor cosecha de hachís que se recuerda en el Rif. Pero el motivo de que haya más presos radica principalmente en que hay más gente que baja a Marruecos para comprar costo.

«Muchos piensan que como en Marruecos hay tanta droga son más permisivos, pero no es así. La legislación marroquí es mucho más dura que la española en este ámbito», explican desde el Ministerio de Exteriores español. Las penas pueden ir desde unos pocos meses hasta diez años o más. Y en Marruecos, la condena se cumple hasta el último día.

Miguel lo sabe muy bien. Este asturiano de 38 años prefiere utilizar un nombre ficticio como el resto de presos que aparecen en este reportaje. Teme represalias dentro de la cárcel. También que su historia llegue a sus vecinos o a la parte de su familia que no sabe que lleva más de dos años encarcelado en Tánger.

A Miguel lo cogieron en el puerto, antes de subir al ferry que le iba a llevar a Algeciras. Llevaba más de 130 kilos de hachís escondidos en su autocaravana, con la que había pasado unos días de ‘vacaciones’ en Marruecos con su entonces mujer y su hijo de cuatro años. «Me metieron varios días en el calabozo con el niño, en un sitio lleno de yonkis», recuerda Miguel desde una salita para visitas de la cárcel de Tánger. Él asumió la responsabilidad de la droga y su mujer se libró. Le cayeron cuatro años.

Funcionarios corruptos

«A mí me gustaba vivir muy bien, irme de vacaciones al Caribe y esas cosas» reconoce. Hizo el viaje 49 veces y ganó mucho dinero. Mucho. «Pero a la 50 va la vencida», cuenta, y una amarga sonrisa se perfila en sus labios. «Me arrepiento todos los días. Crees que es dinero fácil, pero estar aquí es todo menos fácil».

Miguel comparte una celda de 20 metros cuadrados con otros 30 internos. En las cárceles marroquíes no existe clasificación de presos, así que los que tienen penas de pocos meses pueden compartir habitación con asesinos a los que les han caído 40 años. La corrupción de los funcionarios de prisiones es rampante, denuncia Miguel, que ha gastado en los dos años que lleva en Tánger más de 30.000 euros. «Hago transferencias por Western Union a los funcionarios para poder sobrevivir», explica el asturiano, y añade que para tener una cama en la celda tuvo que pagar 500 euros. Con dinero se pueden conseguir muchas cosas, como teléfonos móviles. «Es la única distracción que tenemos, hablar por teléfono», reconoce.

«Somos un negocio para ellos. Tanto para los funcionarios como para muchos presos marroquíes», se queja por teléfono Andrés, un malagueño que cumple una pena de diez años en la prisión de Fez. «Aquí, a partir de las cinco de la tarde, pasan los barbas (los presos islamistas) vendiéndote helados o hasta zapatillas», afirma el joven, al que capturaron en un barco camino de la Costa del Sol con 4.500 kilos.

No todos los que acaban con sus huesos en las cárceles marroquíes han intentado traficar con grandes cantidades. Muchos no lo habían hecho en su vida, pero en un viaje de fin de semana intentaron quizás pasar 200 ó 300 gramos. Los más afortunados consiguen una pena de expulsión del país después de pasar varios días en el calabozo de alguna comisaría. «Pero la mayoría, hasta por pequeñas cantidades, cumple como mínimo varios meses de prisión», señalan desde Exteriores.

«Mucha hambre»

Miguel ha perdido mucho peso desde que entró en el penal de Tánger, donde actualmente reside casi la mitad de la población reclusa española, unas 160 personas. El edificio de la cárcel es muy antiguo, y su puerta principal se abre con una llave dorada muy grande, que acarrea un policía con bigote. «Me he quedado en la mitad», dice, y muestra lo holgada que le queda la ropa. «Pasamos mucha hambre. Aquí no hay comedor, y sólo de vez en cuando pasan con un perol de una sopa incomible, que si la tomas te pones malísimo», explica.

Como el resto de los españoles, Miguel recibe del consulado en Tánger una pensión de 120 euros al mes, supuestamente destinada a pequeños gastos como tabaco o teléfono. El dinero, sin embargo, vuela en el economato de la prisión, donde los precios -que el asturiano muestra en una lista que ha conseguido sacar sin que se den cuenta los guardias- se asemejan a los de cualquier supermercado español. «El que no tiene dinero o familia que le traiga comida, aquí se muere de hambre», sentencia.

A pesar de las críticas de los presos, el director del penal no quiere hacer comentarios, ni sobre el aumento de casos de españoles ni sobre sus condiciones. «Tenemos que preservar la privacidad de los reclusos», se excusa el funcionario, contactado por teléfono.

Rafael tuvo durante dos semanas una cucaracha metida en el oído. «Era pequeña, y podía escucharla todo el rato. El dolor era insoportable», explica mientras se toca la oreja como para asegurarse de que el insecto ya no está ahí. Después de insistir durante días para que lo llevaran a la enfermería, cuenta Rafael, «tuve que ponerme en huelga de hambre, porque no me hacían caso. Al día siguiente me la sacaron con agua a presión».

La lucha por recibir una atención sanitaria es una constante en la prisión, especialmente desde que el pasado marzo muriera por una infección de oído Francisco Chasco Cabezón, un preso de 47 años que cumplía condena en Tánger. Chasco estaba enfermo, y empeoró durante unos días de fiesta, en los que los servicios de la prisión estaban bajo mínimos. Cuando lo encontraron ya estaba en coma. Dos días después murió.

Sufrimiento

«Se ignora a los enfermos», denuncia Miguel y relata el caso de un compañero suyo, que tiene un marcapasos al que se le está agotando la batería. «Necesita una intervención quirúrgica inmediata o corre el riesgo de morir, pero no quieren llevarlo a un hospital».

Las cucarachas se cuentan por miles. «Aquí, además de volar, muerden», asegura Rafael. Los insectos se disputan la mugre y los restos de comida con las ratas. «Es insoportable, las condiciones higiénicas y sanitarias son deplorables», denuncia el gallego. Las huellas del sufrimiento, físico y mental, se aprecian en su rostro. «Siento los dos años que llevo aquí como si fueran diez», reconoce, y su voz se entristece al recordar que, en todo ese tiempo, nadie de su familia ha ido a verlo.

Desde la Fundación Ramón Rubial-Españoles en el Mundo, sus responsables recuerdan que de los más de 2.000 españoles que permanecen encarcelados en presidios extranjeros, cerca del 80% cumplen condena por delitos de tráfico de drogas. La cárcel, ya de por sí dura en cualquier circunstancia, se hace aún más insoportable al estar en un país extranjero. Miguel lo tiene muy claro. «Nunca, nunca, nunca volvería a hacerlo. No merece la pena. Debe saberlo todo el mundo», insiste.

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