19/10/11

La construcción social del “problema de la droga”. El caso de España

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Si bé ahir publicàvem un article que ha generat polèmica, avui us deixem un dels millors escrits i assajos fets sobre drogues de la història (n’estem convençuts). L’Oriol romaní (gran teòric i millor persona) ens explica els procés històric i de conceptualizació del problema de les drogues a l’Estat Espanyol. Dens, llarg, però indiscutiblament una referència per als professionals del tema.

SobreDrogues.net

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LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL “PROBLEMA DE LA DROGA”. EL CASO DE ESPAÑA.

D’Oriol Romaní. Del seu llibre “Las drogas: sueños y razones” (ed. Ariel). -pp. 85-116-
Extret de Historia del Pensamiento Criminológico.
Accedeix a la font clicant aquí.

“Oh! Benvinguts, passeu, passeu / de les tristors en farem fum A casa meva és casa vostra / si és que hi ha cases d’algú”. (Sisa, 1975) (“Oh! Bienvenidos, pasad, pasad/ las tristezas convertiremos en humo // mi casa es vuestra casa / si es que hay casas de alguien”)

“Es la historia de mi hermano / un perfecto vividor sólo tenía veinte años / cuando un fino acero su vida cortó. Todo el mundo le creía / trabajando en un taller en sus manos no había grasa / sí un diamante y un cartier. En la calle se lo hacía chuleando a cualquier mujer por las noches en la plaza, dando blanca de pastel (…) Ahora otro ocupa su lugar, sólo tiene dieciséis joven con los ojos tristes / no es mi hermano, pero es él”. (Burning, 1982)

De los conceptos de modernización y cultura juvenil

Cuando hablamos de “proceso de modernización” nos referimos a aquel conjunto de transformaciones económicas, sociales y culturales cuyo origen hay que situar alrededor de la Revolución Industrial y que habrá que relacionar, pues, con el desarrollo del modo de producción capitalista. Una de sus características principales sería el papel central que juega en la sociedad “moderna” una permanente revolución tecnológica, pero cuyos efectos “…han trascendido en gran medida a la tecnología y han cambiado de modo cataclísmico prácticamente todas las instituciones, las más generales y las más privadas, y han penetrado en lo más profundo de la conciencia de las personas” (Berger y Kellner, 1985: 190). Este proceso, que muchas veces ha sido presentado de forma lineal, ligado a la idea de progreso, puede caracterizarse en realidad como un proceso de diferenciación sociocultural, derivado de los múltiples procesos parciales de especialización, movilidad y estratificación social que se han ido desarrollando en relación con los cambios tecno-económicos.

Precisamente la heterogeneidad sociocultural sería uno de los elementos básicos que definen a una sociedad que muchos han llamado “moderna” pero que, sin más pretensión que evitar ciertas connotaciones mixtificadoras, llamaré aquí urbano-industrial. La otra cara del “proceso de modernización” la constituirán los distintos procesos de “normalización” de la vida social, algunos de cuyos elementos básicos serán, a nivel económico, el del consumo, y a nivel ideológico, el preconizar la existencia de un consenso generalizado en torno a ciertos valores básicos de la sociedad. Todo ello a través de unos mecanismos de control social entre los cuales cabe señalar la importancia adquirida por los medios de comunicación social, como elementos de socialización permanente.

Los conceptos de juventud y droga se pueden relacionar con, por lo menos, tres elementos fundamentales en el desarrollo de dichas sociedades industriales: a) el conjunto de hechos y procesos a los que se refieren tienen una íntima relación con el consumo -elemento básico de estas sociedades. Al mismo tiempo, la existencia de dichos conceptos permite una manipulación de la realidad tendente a la máxima rentabilización económica de distintos niveles de la misma; b) posibilita también unos tipos de control social distintos de los existentes en las sociedades tradicionales, y muchas veces más sutiles y eficaces, sobre todo porque usos y/o actividades relacionados con la juventud o las drogas pueden verse en referencia a ciertas “necesidades” bio-psicológicas del hombre (ligadas al ciclo vital o al control de sus estados emocionales), con lo que resultan fácilmente manipulables por distintos tipos de poder; y c) han contribuido a la elaboración de cierto consenso en torno a aquellos valores básicos, pues se han podido presentar como “problemas” en sí mismos (cosa que ha permitido, muchas veces, enmascarar aspectos de la realidad y desviar la atención de los verdaderos problemas estructurales), y crear o consolidar ideas acerca del “futuro” de la sociedad, de la “naturalidad” de cierto tipo de jerarquización social, de aquello que es propio e impropio, sano e insano y, por lo tanto, bueno o malo, etc., etc. Con la expresión “cultura juvenil” nos referimos a todos aquellos modos de vida, formas de relacionarse, de comunicarse, de trabajar, de expresarse, de pensar, etc. atribuidas a un grupo social determinado, en este caso ciertos grupos de edad que, en nuestra sociedad, se caracterizarían sobre todo por estar en una etapa de transición entre los roles totalmente dependientes de la infancia y aquellos otros (supuestamente) autónomos propios de la vida adulta. No hablamos pues de unos hechos biológicos: aunque la referencia a ellos sea clara, cada cultura los elabora, percibe y manipula de forma diferente. Hablamos fundamentalmente de una construcción social que habría que analizar en una perspectiva procesual, y contextuada en nuestras sociedades, si queremos entender los valores y significados que en ellas se le atribuyen como propios. Lo cual requerirá, a su vez, un análisis de las distintas imágenes culturales de la juventud, por un lado, y de sus diferentes condiciones sociales, por el otro.

No puedo desarrollar aquí estas propuestas metodológicas, aunque intentaré adelantar algunos elementos que me parecen significativos para el tema que nos ocupa. Centrándonos en los medios de comunicación social, podemos constatar en ellos la existencia de un contraste entre las imágenes de la juventud abstractas, de cariz positivo, presentándola como el ideal del futuro y el esplendor del presente -imágenes relacionables con el proceso de “juvenilización” de las sociedades industriales contemporáneas-, y las imágenes concretas de jóvenes que tantas veces aparecen ligadas a temas que se prestan a tratamientos más o menos escabrosos, como la delincuencia, la drogodependencia o la violencia en general -relacionable, a su vez, con el proceso de marginación fáctica de (por lo menos) grupos importantes de jóvenes. Si nos atenemos ahora a algunos fenómenos originados en ciertos grupos juveniles contemporáneos podremos observar, desde la emergencia de la juventud como un tema central de nuestra cultura en los años 60, la persistencia de ciertas “formas culturales juveniles”, más allá de los contenidos específicos que se les atribuyan en cada momento. Muchas de estas culturas, o subculturas, juveniles no hacen más que evidenciar, poniéndolas en primer plano, las principales contradicciones de la sociedad en que les ha tocado vivir y que pueden afectarles directamente, por la cual cosa acostumbran a tener una vida muy efímera, ya que pronto son destruidas o integradas en el seno de la sociedad global. Y a pesar de que algunos elementos de estas culturas juveniles puedan continuar siendo signos de contradicción, importantes en sus respectivas sociedades, una de las principales formas de distorsionar lo que aquéllas significan ha sido a través de su integración en el consumo, una vez descodificadas de su contexto original, consiguiendo así que las necesidades que podían expresar quedaran enmascaradas (v. Monod, 1970).

Por lo que se refiere a las condiciones sociales de la juventud, se puede señalar como característica general de las mismas la existencia de una tensión producida, de un lado, por la tendencia a reproducir la subordinación respecto a la sociedad adulta (aquí, el papel de las instituciones es crucial), y por el otro lado, la tendencia a la autonomía, objetivo a conseguir “por definición” para llegar a ser adulto (y aquí es donde habría que contemplar las distintas formas en que ellos mismos reelaboran aquello que las instituciones sociales les ofrecen). Más allá de esto, me limitaré a señalar que los elementos básicos que nos permitirán una identificación de las distintas condiciones sociales de la juventud serían: 1) los límites de la juventud, entre sus cada vez más problematizados inicios (preadolescencia y adolescencia) y algunos hitos que marcarían su final, entre los que podemos citar el hecho de tener un trabajo más o menos fijo, conseguir una vivienda independiente y/o formar una pareja con descendencia u otro tipo de grupo familiar más o menos estable; elementos, como se ve, no menos problemáticos. 2) Sus condiciones económicas y su lugar en la estructura ocupacional. 3) Sus relaciones con las instituciones, entre las que cabría destacar la familia, la escuela, las instituciones asistenciales en su más amplio sentido (desde la Seguridad Social hasta la cárcel) o las industrias de la moda y el ocio. Y, 4) Sus sistemas de valores.

Modernización, cultura juvenil y drogas en España.

Presentaré ahora la historia de la evolución que los derivados de la cannabis, como la grifa o el hachís, han sufrido desde la España de la posguerra hasta los años setenta; evolución que hay que situar en el marco del fuerte proceso industrializador vivido en este país a partir de los años sesenta, que significó no sólo un cambio económico importante, sino que resultó ser, sobre todo, el inicio de unas radicales transformaciones a nivel social y cultural (“proceso de modernización”). Algunas de ellas las podremos detectar a través de la historia del hachís en España que, al igual que en otros países occidentales, va ligada en unos momentos históricos concretos a la existencia de unas subculturas juveniles, como veremos de forma más ampliada en los próximos apartados. El origen de estas subculturas podemos rastrearlo, por lo que se refiere en concreto a la Barcelona de los años sesenta, a partir de tres grupos de gente distinta: Los “grifotas”: aquellos hombres de extracción “lumpen”, que habían sido legionarios en el Norte de Africa, de donde traían una cierta cultura de la grifa, producto que acostumbraba a formar parte de su “modus vivendi”. Aunque el personaje del grifota no era nuevo, el incremento de su presencia en la Península se puede relacionar con la expansión económica de estos años. Los “rockers”: sectores juveniles de clases medias o trabajadoras, con una cierta posición de rechazo ante la vida que les había tocado, no muy elaborada intelectualmente sino más bien expresada a nivel simbólico -fundamentalmente estética: indumentaria, música…-, y que con su actividad irán conformando lo que después se llamará cultura rock (en versión autóctona). En muchos casos, la grifa empezó a formar parte de este mundo -pues proporcionaba una onda que sintonizaba muy bien con su tipo de vida-, y es a través de ella que contactarán con los otros grupos que estamos viendo. Los “estudiantes”: con las movilizaciones estudiantiles de los años sesenta surgen unas vanguardias no sólo a nivel político, sino también cultural. En Barcelona, al año siguiente de haber conseguido el Sindicato Democrático de Estudiantes por el que tanto habían luchado (1966), varios factores llevan a un cierto impasse.

Como formas de salir de esta “crisis del 67″, algunos sectores de estas vanguardias optan por una cierta profesionalización política, otros por la proletarización o por la lucha armada, mientras que unos cuantos, bastante quemados políticamente, creen que ya ha llegado la hora de practicar, en la vida cotidiana -y aunque sea a nivel particular- aspectos por los cuales teóricamente están luchando, cosa que les lleva a contactar con lo que después se ha llamado la contracultura americana y europea. Es en este contexto donde hay que situar sus primeros canutos de grifa, que descubren tanto a través de ciertos “submundos marginales” de Las Ramblas, como de algunos intelectuales del Bocaccio (bar muy “in” de la época situado en la parte alta de la ciudad) recién llegados de California. Hacia los años 1967-68, la evolución de estos grupos y los contactos entre ellos en un determinado contexto, tanto ecológico como sociocultural, acaban cuajando en la formación de unos nuevos grupos con características distintivas que tendrán en el uso del hachís un símbolo importante. Pues el primer hachís (este otro derivado de la cannabis desconocido por aquí hasta entonces) que entrará, por lo menos en Catalunya, lo hará de la mano de los primeros jipis catalanes que en 1968 volvían de Oriente o de Holanda.

Podemos señalar la existencia de dos tipos de subculturas ligadas al hachís: 1) La proveniente de los grupos anteriores, etiquetada como “jipi-freak”, grupo muy específico, con un sentido de solidaridad entre sus miembros y de “diferencia” respecto a la “normalidad”, pues intentan vivir de forma distinta; dentro de esta otra forma de vida, también cambian las drogas que se usan, y el hachís -asociado al “ácido” (LSD) en un momento determinado- llega a adquirir una cierta importancia. No se puede asimilar a estos jipis con los de allende de nuestras fronteras, dadas las distintas condiciones tanto materiales y económicas como sociopolíticas, pero no hay duda que el llevar ciertas vestimentas o melenas, o practicar cierto descaro en la España de finales de los sesenta podía provocar problemas familiares, laborales o de lo que se llamaba orden público. Muchos de ellos empezaron reuniéndose en algunos pisos de “enrrollados” en los que -mientras llevaban dobles o triples vidas: familia, estudios o trabajo, militancia izquierdista …- descubrían nuevas facetas de la vida entre los efluvios del hachís. Luego vendría el peregrinaje por el mundo, la vida más o menos comunitaria en Formentera, La Floresta o masías del interior de Catalunya, el inicio de actividades, sobre todo de tipo comunicacional, que después saldrán al exterior (música, comix, artesanía…), las movilizaciones que significarán los primeros festivales, etc.. 2) La otra subcultura sería la de los “jipis de la gauche divine”, o sea, aquellos intelectuales y profesionales que no rompen con su vida anterior -como los que hemos visto-, sinó que es precisamente a través de sus canales profesionales y sociales habituales como tienen sus contactos con la contracultura, lo que les permitirá extenderla cual buena nueva sobre los pobres ibéricos, ahítos de novedad… Hay que señalar que a partir de estas subculturas del hachís es cuando empiezan a plantearse unos modos de actividad económica -auto-producción, artesanía, cooperación, trueque…-; de relación social -vida comunitaria, redes de relaciones no institucionalizadas, libertad en los comportamientos individuales, incluido el sexo,…-; y de actividad político-ideológica -importancia de la espontaneidad, crítica de la política tradicional, actitudes pacifistas, ecologistas,…-; de todos ellos, algunos enraizan en viejas tradiciones, pero en el contexto de su surgimiento adquieren un nuevo sentido y algunos se irán desarrollando para integrarse en la normalidad cultural de nuestra sociedad, mientras que otros potenciarán su alternatividad como movimientos políticos, reivindicaciones sectoriales, nuevas formas de expresión, etc.

A partir de 1972-73 el hachís entrará a formar parte de una cierta “moda cultural”, de la que participarán cada vez sectores más amplios y heterogéneos de la juventud, para los cuales el uso del hachís ya no simboliza un compromiso en otros aspectos de su vida, como para los viejos jipis. Efectivamente, a partir de aquellos años hay una relativa generalización de su uso que afectará primero a sectores diversos de juventud, pero quizás con una característica común que sería su “radicalidad” más o menos elaborada frente al sistema, en el marco de la intensificación de la represión que se da en el último período del franquismo y primeros meses de “post”; una segunda etapa (1976-78) de eclosión de actividades callejeras en las que, en medio de la general euforia, el hachís también cumple su papel en el marco de las multitudinarias fiestas que celebran el retorno a la democracia, además de su extensión como moda; y una tercera (a partir de 1979) en la que, convertido en un elemento más de consumo de los existentes en nuestra sociedad, irá perdiendo su protagonismo dentro del “complejo drogas” para cederlo a la heroína que, además de aprovechar en gran parte los mismos canales -ilegales- de distribución del hachís, marcará las pautas básicas del nuevo complejo de las drogas, -totalmente distinto de aquellas antiguas subculturas que hemos visto- que servirá, entre otras cosas, para reforzar o recrear algunos estereotipos, en general negativos, sobre la juventud.

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A través del ejemplo que acabamos de ver se puede apreciar cómo una droga, en principio extraña a nuestra cultura, se ha ido integrando en ella, y lo ha hecho a través de unos grupos juveniles. Esto no ha ocurrido solamente con los derivados del cannabis, sinó que ha sido, en principio, la tendencia general en el caso de las drogas ilegales. Si tenemos en cuenta, tal como hemos visto antes, que el desarrollo básico del concepto de droga se ha referido principalmente a estas últimas, podemos afirmar que una de las funciones que objetivamente ha cumplido la política dominante sobre la droga ha sido la de facilitar una cierta identificación entre “joven” y “drogadicto”: así, con la creación del mito de la droga, a través de una ideología dominante de signo claramente oscurantista, se facilitaba la identificación con ella de grupos juveniles, mientras se estigmatizaba a estos mismos grupos sociales, para de esta forma poder ejercer (de forma directa o preparando un “terreno abonado” al respecto) un mejor control sobre ellos; además de ampliar el mercado de estos productos hacia unos sectores hasta entonces -años setenta- ajenos a él. En este sentido el caso de la heroína sería paradigmático.

Decía más arriba que un aspecto fundamental de los procesos de “modernización” -en cuyo contexto hay que situar el desarrollo del actual complejo de las drogas- ha sido la ampliación del consumo, situado en el centro de las sociedades industriales. A través de él se han creado unos nuevos mercados -como “la moda joven” en todas sus facetas- a la par que se ha conseguido cosificar, canalizar, desvirtuar, clasificar… en fin, controlar a unos sectores sociales potencialmente incómodos, dada su situación de transitoriedad. El surgimiento del mito de la juventud -otra de las características de la “modernización”- responde precisamente a la necesidad de “fijar” un rol social para este período de la vida que se percibe como tan ambiguo en nuestra sociedad, y conseguir que las características que se le atribuye aparezcan como naturales, cuando ya hemos visto que, en realidad, no es así.

Con todo ello no quiero atribuir a la gente joven un papel meramente pasivo. Lo que quiero decir es que las soluciones que van adoptando los individuos y los grupos sociales para ir resolviendo los problemas derivados de su existencia van siendo moldeadas y transformadas por el sistema sociocultural en el cual viven: así, un elemento como la música, expresión muchas veces del “malestar vital” que engendra la sociedad, ha resultado ser un factor socializador de primer orden; o una necesidad tan básica como la comunicación que, gracias al desarrollo de la técnica, puede ir mucho más allá de los grupos de relación primaria de un individuo, ha sido también transformada y manipulada, por ejemplo a través de unos medios de comunicación de masas, elementos clave en la actual conformación de las conciencias (v. Chomsky, 1992). En este sentido, también al moderno complejo de las drogas (dentro del cual juegan un importante papel elementos como el consumo y el funcionamiento de los medios de comunicación social) se le podría aplicar el mismo esquema. Es decir, en un momento histórico determinado -finales de los sesenta, principios de los setenta- y en unos contextos sociales de tipo consumista (en los cuales se está produciendo un aumento del consumo de diversas drogas, entre otros muchos productos), hay grupos de jóvenes que, de algún modo, expresan un rechazo hacia este tipo de sociedad, y uno de los elementos simbólicos que utilizan es el uso de determinadas drogas no normalizadas, asociadas a la transgresión, a grupos sociales diferenciales (principalmente “étnicos”: indios, negros…) y a culturas exóticas. Esto dinamizará a su vez una mitificación negativa de dichas drogas, pero que no por ser negativa dejará de tener una de las principales características del mito: el hecho de impulsar a la acción; tanto por parte de los mismos estigmatizados, que en muchas ocasiones acabarán identificándose con el fantasma construido por la ideología dominante sobre el tema, como por amplios sectores más “convencionales”, que se “afiliarán” a un proceso de reacción social en el cual los medios de comunicación social jugarán en muchos casos el papel de avanzadilla. De este modo llegamos a la situación actual en la que los usos de drogas por parte de la juventud tienen un significado distinto al que acabamos de ver.

Esta etapa de transición a la vida adulta se caracteriza ahora por una serie de elementos contradictorios, como pueden ser -aparte de la misma constitución de la juventud como un mundo diferenciado que, como hemos visto, se percibe de forma contradictoria- el mayor distanciamiento entre generaciones (producto de una sociedad basada no ya en la repetición de la tradición, sino en la especialización y la innovación); el retraso de la incorporación a la vida adulta, a través de una escolarización general cada vez más prolongada, y que tiene su justificación en la exigencia de una mayor formación en todos los terrenos; pero al mismo tiempo, una desvalorización de la mano de obra juvenil, tanto por razones ligadas a la evolución tecnológica como a la estructura del mercado de trabajo. En este contexto, los usos de drogas tienen también unos significados contradictorios: mientras por un lado pueden ser elementos rentables (en sentido general, de posibilitar identificaciones, relaciones, recursos, etc.) en la vida de muchos individuos, por el otro pueden facilitar la profundización, cuando no la gestación a nivel inmediato, de ciertas patologías psicosomáticas y procesos de marginación social, de explotación y de manipulación de mucha gente joven. Así pues, la integración, en las últimas fases de desarrollo de las sociedades urbano-industriales, de dos tipos de procesos sociales contemporáneos pero, en principio, distintos (juventud y drogas), ha propiciado la aparición de unos usos específicos de las drogas por la juventud que debemos considerar como un nuevo fenómeno social (y dentro del cual hay que contemplar -aunque formando parte también de un fenómeno más general de drogodependencia- la drogodependencia juvenil); fenómeno en el que se establece una falaz identificación entre droga y cultura juvenil que, si bien no responde a la realidad de los hechos por lo que a los consumos se refiere, sí es muy sintomática de algunos de los principales problemas que tiene planteados nuestra sociedad. En este apartado nos hemos centrado en lo que podríamos llamar la “proto-historia” de dicho fenómeno social entre nosotros, en el momento de engarce de los distintos procesos y de construcción de nuevos elementos en la vida social que, si por un lado han contribuido a la reproducción social de nuestras sociedades, no han dejado de aportar, por otro lado, aspectos conflictuales que también han contribuido a moldear la actual situación de crisis de la civilización occidental, como veremos a continuación.

El “problema de la droga” en la España contemporánea.

Las bases para la construcción del “problema de la droga” en España estaban, pues,a punto, y podemos ya constatar, también aquí, aquella aparente contradicción que antes hemos señalado a nivel general, y es que desde los primeros artículos de los periódicos ABC y La Vanguardia sobre los “drogados” y “pervertidos” que “invaden nuestras tranquilas playas” de finales de los sesenta, hasta el protagonismo truculento de “la droga” a principios de los noventa, se va creando una alarma social en torno al tema totalmente desproporcionada con algunos supuestos indicadores de su negatividad (morbimortalidad, costes económicos, etc.) mucho más altos para otros fenómenos sociales -como la circulación automovilística, o la siniestralidad laboral, entre otros. Pero, en cambio, dicha alarma hay que relacionarla con otras funciones sociales y significados culturales: simbolización de unas normas de vida que hay que defender (más en momentos de tanto cambio); identificación -positiva o negativa- con determinados grupos; posibilidad de manipulación de algunos de éstos; expresión vicaria de necesidades/expectativas a través de “la droga” como metalenguaje; en definitiva, intento de consolidación y ampliación del consenso social en un momento de profundas crisis socioeconómicas y culturales, que están llevando a profundas y radicales transformaciones de la sociedad española. Voy a organizar esta historia en cuatro períodos distintos; dentro de cada uno de los tres primeros presentaré sus diferentes elementos en cinco niveles: el marco sociopolítico, el de los más significativos usos de las principales drogas ilegales, el de la emergencia de los dispositivos asistenciales en este sector, el de las distintas culturas juveniles que han “marcado época” durante estos años y un comentario de cómo a partir de los procesos analizados podemos detectar, en el caso concreto de España, la mayor o menor presencia de alguno de los modelos hegemónicos de percepción y gestión de las drogas, es decir, del penal o del médico.

Mientras que el cuarto periodo, correspondiente a estos últimos años, lo planteo como unas reflexiones alrededor de los usos de drogas de diseño, pues creo que no hay todavía la suficiente distancia como para sistematizarlo al igual que los anteriores . No creo que para el análisis que propongo tenga que justificar la utilización del marco sociopolítico, ni el seguimiento de los usos de drogas de la época. Si nos fijamos principalmente en las ilegales, y sobre todo en la heroína, es porque son las que permiten mejor seguir el hilo del fenómeno, pues es a partir de la imagen de éstas que se justifica y racionaliza el proceso por parte de sus protagonistas. Por lo que se refiere a los otros dos niveles propuestos, espero que cuando he presentado la génesis del problema, en el capítulo 2 de esta misma parte del libro, haya ya quedado clara la idea de que los dispositivos que se ponen en funcionamiento para el control, la asistencia, en fin, para la gestión de un problema social, son parte fundamental de este mismo problema, entre otras cosas porque son elementos claves de su definición. Así que aquí nos referiremos de los dispositivos asistenciales en sentido amplio, incluyendo alguna referencia al marco legal de regulación de los mismos. Y, viendo la imbricación entre culturas juveniles y usos de drogas que hemos expuesto ya en elapartado anterior, seguiremos la misma lógica a lo largo de todo el período que examinamos.

Los precedentes: agonía del Régimen, contracultura y “canutos” (1968-1976).

El tardofranquismo. Hacia 1967, se atisba en España la primera crisis económica después de unos años de desarrollismo rampante; de todos modos, el turismo (una de las principales fuentes de divisas del momento, pero también fuente de información de otras maneras cotidianas de ser y comportarse en quella España tan cerrada) continúa entrando a espuertas. A raíz del Concilio Vaticano II, aires de “aggiornamento”, con sus consiguientes cambios, en la Iglesia Católica, hasta entonces uno de los pilares del Régimen franquista. Momento de signos aperturistas-continuistas del mismo: el año anterior se había aprobado la Ley de Prensa, de “apertura dentro de un orden”; aquel año, la Ley Orgánica del Estado, estableciendo la sucesión del Rey Juan Carlos, y la Ley de Libertad Religiosa; y el año siguiente la Ley General de Educación. En cierto modo, una forma de responder a los requerimientos, tanto interiores (protagonizados principalmente por obreros y estudiantes) como exteriores, de una adecuación del Régimen a las exigencias de cambio derivadas de las transformaciones económico-sociales que había generado el propio desarrollismo. Los años setenta vienen marcados por el agotamiento del modelo político de la dictadura franquista y la transición hacia un sistema democrático homologado a los del entorno europeo, que es el que se desarrollará en los años ochenta. ,En 1973, crisis energética, inicio de las grandes crisis económico-sociales contemporáneas. Gran aumento de la conflictividad en el país, tanto a nivel geográfico como sectorial, con incorporación de nuevos sectores, como las protestas del movimiento vecinal en relación a las condiciones de vida de la gente, y mayor radicalismo juvenil. Asesinato del almirante Carrero Blanco, “delfín” de Franco, y aumento de la actividad de ETA. A todo ello, hay una respuesta sobre todo represiva, que se puede simbolizar con los fusilamientos del anarquista catalán Puig Antich (1974) y de los militantes de ETA y FRAP (1975), las últimas penas de muerte firmadas por el dictador. Muerte de Franco, e intento de continuidad del Régimen en 1976, mientras se organiza formalmente la oposición (1974-77), con los apoyos exteriores pertinentes, y puede empezar la negociación de intereses, al lado de los grandes discursos democráticos.

En cuanto a las drogas ilegales, se tienen noticias de la existencia de cocaína entre ciertos grupos de artistas e intelectuales en los felices años veinte (que, sobre todo en Barcelona, vinieron un poco avanzados y con mucha fuerza, debido a la neutralidad española en la Primera Guerra Mundial), así como se conoce bien la existencia de algunos consumidores de derivados opiáceos (el llamado “morfinómano clásico”, persona de clase media, media edad, etc.) y de los “grifotas”, consumidores de rama o grifa. Aunque algunos de estos usos se identifican con la “vida bohemia” y con los “bajos fondos”, y son escándalo de bienpensantes, todavía tardará en cuajar “el problema de la droga”. No será hasta el 1967/68 que no entrará otro derivado de la grifa, el hachís, cuyo uso llegará a ser muy significativo de unas ciertas subculturas juveniles; y hasta 1973 no entrará la heroína, asociada también en sus inicios a ciertos elementos contraculturales, mientras que la cocaína en esta época resulta todavía socialmente muy opaca, aunque a nivel estadístico acostumbra a estar en unos valores de consumo (muy poco relevantes) similares a la heroína. Por otro lado, en los años sesentas -y al amparo de la Seguridad Social- hay un gran consumo y producción de tranquilizantes y anfetaminas, hasta el punto que España es exportador (más o menos clandestino) de este tipo de producto, básicamente a los países nórdicos europeos; y es cuando se produce un gran crecimiento en el numero de usuarios de tabaco y alcohol, introduciéndose además cambios significativos en los patrones de consumo de éste último. De 1973, momento en que se detecta la llegada de la heroína a España, hasta 1977, ésta es una droga más y, como corresponde a aquel momento, rodeada de una cierta aureola contracultural. Todavía no hay, pues, un discurso social específico sobre la misma. Su comercio funciona, como el de la cannabis, a través de las redes sociales de amigos y conocidos, y sus usuarios son, básicamente, universitarios, artistas y profesionales: se trataría de individuos con ideas progresistas, ideológicamente partidarios de una ruptura con la sociedad establecida y sus normas, con ciertas insatisfacciones vitales… en este contexto, el consumo de heroína sería una experiencia vital más de trangresión de los modelos culturales hegemónicos.

Por lo que se refiere a la institucionalización de los distintos tipos de intervención social sobre el tema, se podría decir que los precursores de la actual asistencia sociosanitaria en el campo de las drogas fueron los servicios sanitarios de atención a los alcohólicos, normalmente ligados a la psiquiatría y que funcionaron alrededor de finales de los sesenta y principios de los setenta, como fueron los de Barcelona, Madrid, País Vasco y Valencia. Si por un lado parece claro que aquí todavía estamos hablando de problemas de alcoholismo como una cosa distinta a lo que posteriormente se definirá como “la droga”, por el otro el hecho de que en estos centros se tratara también la adicción a la morfina o a las anfetaminas permite pensar que, ante las primeras demandas de asistencia por temas de “drogas” (cannabis y heroína), no se planteara la urgencia de nuevos centros, pues ya existían aquellos en los que se trataban distintos tipos de enfermedades mentales. La primera intervención social motivada explícitamente por el “problema de la droga” como tal (de tipo jurídico-policial y en forma muy restringida) se inicia a partir de la ratificación por España, el año 1967, del Convenio Unico de Viena (1961), lo que implica la creación de la Brigada Especial de Investigación de Estupefacientes de la Policía -oficialmente, aquel mismo año; de facto un par de años después. En mayo de 1973, asímismo,la Guardia Civil crea grupos especializados para la lucha contra el tráfico de drogas. Un hecho a destacar sería quizás las estrechas relaciones de aprendizaje y colaboración que desde el primer momento se establecen con instituciones análogas de los EEUU. Desde entonces, estos organismos -y otros complementarios que se les irán sumando-, dependientes todos de la Dirección General de Seguridad del Ministerio del Interior, irán adquiriendo una importancia central en este tipo de intervención sobre el tema de las drogas. En el año 1975 el “Grupo de Trabajo para el estudio de los problemas derivados del alcoholismo y del tráfico y consumo de estupefacientes”, radicado en el Ministerio del Interior pero con participación de miembros de otros ministerios, publicó una memoria que resulta decisiva para conocer la evolución de este campo en aquellos momentos.

Podemos decir que este Grupo de Trabajo constituye el antecedente, todavía dentro de la estructura burocrática del régimen franquista, de la Comisión que se creará a principios de los ochenta, ya establecido el sistema democrático, con Secretaría en la Dirección General de Acción Social del Ministerio de Asuntos Sociales, y representación además de Sanidad, Interior, Educación, etc. por lo que se llamará “Comisión Interministerial para el estudio de los problemas derivados del consumo de drogas”. Esta Comisión Interministerial será el primer intento de coordinar a nivel general todo lo que se refiere a la intervención social en este ámbito, aunque especialmente la asistencia socio-sanitaria. De hecho, será el embrión del futuro Plan Nacional Sobre Drogas, creado el año 1985. Los contraculturales autóctonos, o jipis (1968-73). Ya hemos visto antes que cuando aquí hablamos de los jipis, nos referimos a estos grupos de jóvenes que rompieron de manera más o menos drástica con estudios, trabajos, familia y otras situaciones previsibles para irse a vivir en comunidad a zonas rurales. Estarían constituídos principalmente por algunos “hijos de familia”, aunque su grueso parece que provenía de las clases medias urbanas, acompañados por hijos de la clase obrera consolidada con la “modernización”, y algún otro grupo minoritario. Sus núcleos mas ideologizados, que habían pasado ya por la experiencia de la lucha política, le dieron un “sello” reconocible, aunque algunos aspectos del “estilo” fueron aportados por los de proveniencia más rockera. Quiero subrayar el último aspecto citado porque, a pesar de las distintas orientaciones de los grupos de militantes políticos y de los contraculturales, en España podemos afirmar que estos últimos siempre estuvieron bastante politizados: era inevitable en una dictadura en que llevar los pelos largos podía ser entendido como un delito; pero también porque, a diferencia de países donde funcionaba el Estado del Bienestar, aquí escoger la opción de “hacerse jipi” no era tan fácil como allí, donde disponían de un colchón económico, que facilitaba muchas veces el propio Estado, a través de becas y otros tipos de ayuda. En España podía significar muchos problemas cotidianos, y esto crea ciertas solidaridades elementales. Las drogas más significativas que usaron fueron los derivados del cannabis, tanto en forma de hierba, que habían conocido de los antiguos “grifotas”, como de hachís, que pronto fue muy bien apreciado por ellos; así como el LSD. Mientras que los primeros ofrecían un “cambio de registro sensorial” ligado a la sociabilidad alternativa que pretendían, el segundo era como el vehículo de viajes místicos a otras dimensiones de la realidad; lo que no quiere decir que ambos no fueran muy apreciados en su vertiente lúdico-festiva. Ambas drogas simbolizaron su identidad como grupo, a la que, de manera paradójica (aunque no inusual, en casos semejantes) también contribuyó la reacción social frente a la que se constituyeron como tal grupo. De todos modos, la sangre no llegó al río con la alarma social inicial, que pronto fué matizada por el antifranquismo activo de amplias minorías, consensuado por capas más mayoritarias de la población.

Así llegamos a que en el año 1977, las bases del “problema de la droga” a partir del modelo penal, progresivamente dominante en todo el mundo -y basado en el paradigma represivo-criminalizador- ya estaban presentes en España. Pero algunos elementos de este modelo resultaban contradictorios y poco coherentes con una de sus finalidades básicas, la de aislar socialmente a determinados grupos poco identificados con el consenso dominante sobre la naturaleza de la sociedad y, en definitiva, sobre la manera de ver el mundo. Quizá la razón fundamental de estas incongruencias en el citado modelo la encontraríamos en el hecho de que se trata precisamente de una época de redefinición del consenso, sobre todo a nivel sociopolítico, con todo lo que ello significa para un “problema social” como este que, en nuestras sociedades, encuentra su definición a este nivel; mientras que, por otro lado, una vez así definido pasa a articularse con otros elementos macro-estructurales (como los de tipo económico, p.ej.) al mismo tiempo que condiciona el campo de las actitudes y los comportamientos grupales e individuales. Como hemos visto, la creación del “problema de la droga” en España es un proceso que se da a finales de los sesenta y durante los setenta, y se produce a partir tanto de la “ola de pánico moral” que viene de los EE.UU. (alarmados por el movimiento anti-autoritario pacifista y libertario), como de la constatación que esto de fumar canutos ya no es cosa de los cuatro grifotas de siempre, sino que se ha extendido a algunos “jóvenes de familia”. Se produce una alarma social alrededor del tema, que pronto será acompañada de medidas concretas, como la mencionada antes de la creación de la Brigada de Estupefacientes de la Policía. Esta alarma social, además de las características comunes con las que vemos en otros países occidentales, tiene algunas específicas ligadas a la situación política del momento: por parte del régimen franquista se pretendió una cierta identificación entre “la droga” (con el añadido de “…sexo y rock and roll”) y otros tipos de contestaciones socio-político-culturales (“comunismo y anarquismo”), para intentar desprestigiar, delante la llamada “mayoría silenciosa”, todo tipo de oposición al régimen. Esta magnificación del problema a partir de unos consumos de cannabis absolutamente minoritarios (mientras apenas se consideraban los problemas reales que estaban planteando los nuevos tipos de consumo de tabacos, alcoholes y algunos fármacos) parece que no tuvo los efectos esperados.

El símbolo de liberación que representaba el uso del cannabis y de algunos alucinógenos en la cultura norteamericana también fue adoptado (de forma más o menos consciente, es otra cuestión) por los pequeños grupos autóctonos que acabamos de analizar en el punto anterior: el contexto del cuestionamiento cada vez mas generalizado del franquismo y todo su mundo en el que esto ocurrió matizó la reacción social negativa que el Régimen hubiera deseado.

Las bases del problema: transición política, canutos y caballo (1977-1981).

La transición política. En 1977 se inicia de hecho la transición política, el proceso de transformación del sistema político franquista en una democracia que, desde un punto de vista sociológico y cultural (es decir, de la “normalización” homologada con los países del entorno más inmediato) se alargará hasta el gobierno socialista de 1982, por más que desde el punto de vista formal se cierre con la aprobación de la Constitución, en diciembre de 1978, y/o la de los Estatutos de Autonomía para Catalunya y Euskadi en 1979. Período de turbulencias varias, que se inicia con aquella especie de reforma pactada que fue la Ley de Reforma Política de diciembre de 1976; las progresivas amnistías y legalizaciones de grupos políticos; las elecciones generales del 15-VI-77 y el gobierno Suárez; los Pactos de La Moncloa, de tipo socioeconómico; la actividad terrorista de ETA y de la extrema derecha, junto con las asonadas militares (del “aviso” de la Operación Galaxia en 1978 al intento de golpe de estado del 23-F de 1981); las grandes manifestaciones democráticas, sindicales y nacionalistas; la aparición pública de los grupos “alternativos /radicales” como los de los presos -COPEL-, antinucleares, feministas y homosexuales, etc. En fin, momento de movilizaciones, negociaciones, consensos y pactos que llevan a la reordenación del sistema y ponen las bases de su configuración actual. En estos años se expande la masificación del uso de las principales drogas legales, como el alcohol y el tabaco y, sobre todo, el cambio de pautas en los modos de beber (mayor introducción de combinados fuertes y, posteriormente, de cervezas; progresiva importancia de “las copas” de fin de semana…) o de fumar (feminización, “normalización” de su presencia callejera…). Se produce una relativa masificación del uso del hachís paralela, en parte, a su pérdida de carga ideológica; tal como, a otro nivel, ocurrirá con la heroína que, desde su aparición en 1973/74 hasta principios de los ochenta, pasa de tener unas connotaciones de elitismo contracultural a percibirse, incluso por algunos de sus usuarios, como un problema social. En efecto, entre 1977 y 1980/81 se incorporan al consumo de “caballo” hijos de clases medias y trabajadoras, bastantes de ellos con itinerarios de militancia política o un cierto papel de liderazgo en sus colectivos sociales, que expresarían de ese modo malestares existenciales y un tipo de respuesta a fuertes presiones sociales contradictorias. En este proceso, y desde el punto de vista del uso personal, la heroína fue perdiendo su significado contracultural para ir deviniendo cada vez más un elemento de refugio y autoatención.

Al mismo tiempo, su mercado se iba instalando sobre las viejas redes sociales e incluso zonas geográficas (por lo menos dentro de grandes ciudades como Barcelona y Madrid) por las que había circulado el intercambio de cannabis, aunque su manejo pasará de criterios -y grupos- contraculturales a otros mucho más hampones ligados a la perspectiva económica del máximo provecho económico, en un negocio con brillante futuro en la economía informal. Todos los indicios señalan que es la época de mayor aumento de nuevos usuarios, incidencia que se acompaña de un incipiente discurso específico acerca de la heroína, que expresa el inicio de una cierta reacción social, acompañada de una muy dispersa respuesta asistencial. En efecto, en estos años empezaron a penetrar en España tanto la Iglesia Evangélica como, sobre todo, la organización “El Patriarca” que, con sus aires de “autenticidad” (desde la misma idea de la comuna o “la granja”, hasta el hecho de que los responsables fueran gente que “habían pasado por ello” y, por lo tanto, sabían mucho mejor que otros -los profesionales- lo que se traían entre manos), que jugaba todavía con imágenes heredadas de la contracultura, será durante una época un punto de referencia obligado en relación a las drogas. No será hasta alrededores de los ochenta que se abrirán los primeros centros sociosanitarios públicos; hay que recordar que 1979 es el año de las primeras elecciones municipales y de la aprobación de los Estatutos de Catalunya y Euskadi, con todas las expectativas que ello despierta. Ello puede ayudar a entender las múltiples iniciativas locales y regionales, privadas y públicas, en torno a la asistencia a los “drogadictos”, como se les llama entonces, que se ponen en marcha en aquella época. Radicales urbanos, punkis y drogadictos. Algunos sectores de la juventud urbana, que vive todos los cambios señalados un poco mas arriba en primera persona y en primer plano, adoptan aspectos de la contracultura, pero incardinados en toda la movida de las luchas y las fiestas de la época, que se vivían en las calles de las ciudades: serían los que hemos etiquetado como radicales urbanos, de entre los cuales surgieron, hacia el fin de esta etapa, los punkis que, después de esta época de fuegos artificiales, pregonaban ya la falta de expectativas que para ellos había en la “nueva” sociedad que se estaba consolidando.

Las drogas mas usadas fueron cannabis y alcohol, sobre todo en forma de cerveza. La heroína empezó a penetrar entre ellos en aquellos años, aunque circunscrita primero a unos círculos muy elitistas, para expandirse, alrededor de 1977, a algunos jóvenes de clases medias y trabajadoras. Las primeras ayudaban a dar el tono de “marcheta” que se podía encontrar tanto en manifestaciones, como en festivales musicales o celebraciones que festejaban las recién recobradas (o descubiertas, para ellos) libertades públicas, y se vehiculaba a través de ella su sociabilidad alternativa, que permitía distinguirlos tanto de sectores convencionales como de los que emergían alrededor de la heroína. Esta última, a pesar de que en su inicio dotaba de una identificación contracultural a unos cuantos elegidos, a los que permitía compartir una experiencia única, hacia el final de esta etapa, y en relación quizás a aquellos problemas que por otro lado expresaban los punkis, empieza a ser apreciada como forma de autocuidado, de protección, de aislamiento del mundo circundante. En este contexto es cuando empieza a cuajar la elaboración el concepto de drogadicto, para referirse a unos jóvenes, principalmente urbanos, con altos niveles de fracaso escolar, graves dificultades de inserción familiar, laboral y, por lo tanto, social, que en muchos casos han adoptado unos modelos de sobrevivencia del tipo “buscarse la vida como se pueda”, y que muestran un tipo de uso de drogas tan espectacular como es la heroína pinchada en vena -que, de todos modos, fue precedida, por la misma vía, por otros productos “medicamentosos”, como algunos sedantes, hipnóticos y estimulantes- (Gamella, 1994), lo que facilita un referente identificador muy fuerte, tanto a los efectos de la reacción social como para ellos mismos. Se puede afirmar que, en el contexto de búsqueda de un nuevo orden sociopolítico, se dió también el reforzamiento de la significación rupturista del uso de las drogas mencionadas -básicamente el cannabis- entre aquellas capas urbanas juveniles más o menos radicalizadas, que identificaban su criminalización con el conjunto de prohibiciones del franquismo, que era preciso destruir; al mismo tiempo que, debido a ello, el estilo de vida de aquellos jóvenes -en el que se integraba el uso de las drogas citadas- era considerado, si no con simpatía, sí al menos con tolerancia entre grupos con estilos de vida más convencionales, pero que también participaban de alguna manera en los procesos de cambio de aquella época. Ya hemos dicho que había un uso bastante público -y a veces incluso comunitario- tanto de porros como de alcohol, ya fuera en las masivas fiestas con las que se celebró el retorno a la democracia y las primeras elecciones, como en la intensa vida de calle de aquellos momentos.

Si 1977 es el momento álgido de aquel período, es también el momento en el que se empiezan a detectar algunos elementos que en los años inmediatamente posteriores influirán en un cambio en las percepciones vistas hasta ahora, que favorecerán la imposición, en unos vaivenes aparentemente contradictorios, tanto del modelo penal como del medicalista. Como acabamos de ver, a finales de los setenta, el mercado de la heroína ya se había establecido sobre algunas de las previas redes de comercio ilegal de cannabis, que pronto ampliará y solidificará en beneficio propio. Este inicio de expansión está ligado a la manifestación de los primeros problemas que caracterizarán a la etapa posterior en nuestra “historia de la droga” (y no es casual que el paradigma de la misma sea la heroína): problemas biopsicológicos y sociales de algunos de los pocos usuarios existentes hasta entonces; criminalización progresiva, no sólo de ciertos sectores, sinó también de ciertas interacciones y procesos sociales (la asociación “droga-delincuencia”); e interferencia desintegradora de la heroína entre grupos sociales más o menos articulados (sobre todo juveniles), o claramente sociopolíticos, pero que quedarán fuera del consenso democrático (como los movimientos de presos liderados por la Coordinadora de Presos en Lucha, COPEL).

“El problema de la droga”: el reinado de la heroína (1982-1992).

La estabilidad democrática. La victoria socialista de octubre de 1982 inicia el período de estabilización democrática en el que está instalado nuestro país. Aunque se hace difícil subdividir, a su vez, este período, se puede considerar el momento del referéndum sobre la permanencia en la OTAN, en 1986, como parteaguas de dicha subdivisión. Hasta dicha fecha hay que señalar, entre otras cosas, el inicio de la reconversión industrial; las grandes polémicas sobre seguridad ciudadana del 83-84, ligados al tándem delincuencia-drogas, que se mueve entre los hechos y la alarma social; la recuperación económica de mediados de los ochenta, y la entrada de España en la Comunidad Europea. En estos momentos se plantea ya la contradicción entre la crisis fiscal del Estado contemporáneo, y la necesidad, en el caso español muy claramente, de consolidar y sobre todo ampliar el Estado del Bienestar, política a la que se tiende, aunque quede por debajo de las expectativas generalizadas que el gobierno socialista había despertado en este sentido. Asímismo, “normalización” de la vida ciudadana, que podemos cualificar de definitiva si contemplamos la época siguiente.

El referéndum de la OTAN se puede tomar como el símbolo de la ruptura con una cierta cultura de la izquierda tradicional y de la clara hegemonía de la orientación liberal dentro del gobierno socialista, iniciándose lo que, siguiendo la conceptualización de una cierta “cultura popular”, podríamos llamar el quinquenio del dominio de la “cultura del pelotazo ” (del éxito a cualquier precio), que terminará con los grandes fastos del 92 en Barcelona y Sevilla; no sin haber pasado antes por las crisis en que se expresaron los variados sectores sociales que se sentían, cuanto menos, poco partícipes de la efervescencia económica del momento: la huelga general de diciembre del 88, y las movilizaciones de barrios marginales que -otra vez con el leit-motiv de “la droga”- se producen alrededor de las elecciones municipales de finales de 1991. Aquí se actualiza la progresiva dualización de la sociedad (con fenómenos característicos, como un mayor consumo para determinadas capas sociales, y una menor capacidad para conseguir las expectativas “exigidas por la normalidad” para otras), la naturaleza estructural del paro, el desarrollo de nuevas “pestes” como el Sida, etc. que se correlacionan con la paulatina hegemonía de unas orientaciones culturales que van sustituyendo los valores solidarios de la cultura obrera tradicional, de una cierta cultura humanista o de la contracultura, por la competencia individualista más feroz o por un cierto fatalismo. Así, una normalidad a prueba de bombas (y esto no es una metáfora), una relativa poca participación ciudadana en la vida institucional, la incidencia de la crisis económica internacional del 93 -aunque con sus especificidades-, y la promulgación de las leyes conocidas popularmente como la Ley de Extranjería y la Ley Corcuera (de Seguridad Ciudadana), antes de la victoria del PP en las elecciones de 1996, son los últimos trazos de un esbozo de esta España que se adapta mas o menos bien a un cierto papel subalterno en el conjunto de los países centrales del sistema mundial actual. Entre 1981 y 1985 es cuando entran en el mundo de la heroína individuos provenientes de los sectores marginales de la sociedad, entre otras cosas por su atracción como mercado fuera de la ley ya constituído y en el que ellos, ni que sea como peones, pueden moverse con cierta facilidad.

En las subculturas marginales la heroína se convierte en un factor de identidad, y es cuando cuaja la identificación heroína-marginación y, por lo tanto, teniendo en cuenta su papel paradigmático, la de drogas-marginación. Esto se articula con factores de tipo socioeconómico y político, como la gran cantidad de asaltos a bancos y farmacias y, en general, una crisis de inseguridad ciudadana a la que luego nos referiremos, todo lo cual contribuye a la creación de un discurso específico sobre “la droga” basado en una fuerte reacción social. Hay un elemento que, a partir de aquí, será válido para todas las fases históricas siguientes, y es que en una especie de proceso acumulativo, se ha ido diversificando el mercado de las drogas, cosa que posibilita especializaciones sectoriales en sus usos aunque, en algunas ocasiones, previo pase por la prueba de casi todas ellas. En esta época se detecta un relativo aumento en el consumo de la cocaína, que se podría identificar, aunque sólo en parte, con su aureola de droga de éxito, de los que han triunfado, en un momento en que se estaba gestando la famosa “cultura del pelotazo” que se expandirá a partir de mediados de la década. Será, pues, la droga de la “performance”, del joven ejecutivo agresivo, la droga del “acelere”, de la actividad frenética de los ochenta que nos tiene que llevar a toda prisa hacia la rutilante posmodernidad. Por lo que se refiere a la heroína, en la fase 1985-90 se produce una estabilización de la prevalencia, ya que existe un equilibrio relativo entre incorporaciones y salidas (que se pueden etiquetar como “reinserciones”), en las que habrán influido los recursos asistenciales ya existentes; y también una estabilización de la incidencia, ya que se mantienen los factores presentes en las fases anteriores, sobre todo la mas reciente. Por otro lado, la irrupción del Sida, muy ligado en nuestro país al uso de drogas por vía intravenosa, ha contribuído a consolidar y ampliar la alarma social (junto con el aumento de los llamados “muertos por sobredosis” y la emergencia de la cocaína que tendía a presentarse como la nueva “droga-problema”) pero al mismo tiempo ha empujado hacia una cierta racionalización de la intervención asistencial, como veremos enseguida. A su vez, “la droga”, como un metalenguaje a través del que llamar la atención acerca de malestares personales y sociales, ha mostrado su eficacia a través de movimientos sociales surgidos, sobre todo, de barrios degradados o marginales.

Finalmente, la década de los noventa se caracterizaría por la pérdida de centralidad de la heroína en el discurso social, tanto por el paso a un primer plano de la cocaína -asociada al fenómeno del narcotráfico-, de los nuevos tipos de consumo de los estimulantes en general y, más en concreto, de las llamadas drogas de diseño; como por el surgimiento de usos problemáticos del alcohol -asociados a patrones de consumo mas arriesgados en poblaciones muy jóvenes. En la primera mitad de los ochenta se produce una relativa “expansión asistencial” que la tenemos que relacionar con varios factores. En primer lugar, una estructura de atención sanitaria pública, que entonces empieza a modificarse, pero que hasta aquel momento había sido muy deudora de los intereses privados de los médicos como corporación; estructura que no estaba preparada para un tema tan complejo como el de las drogas, que ni se lo habían planteado pues, prácticamente hasta finales de los setenta, éste era visto como un problema ajeno. Así, las iniciativas específicas que empiezan a florecer en este campo, apoyadas principalmente en la expansión de los servicios sociales que se produce al abrigo de la ampliación del Estado del Bienestar, señalan también la emergencia de lo que llegará a ser un nuevo sector, el de los profesionales del campo de las drogas, que se nutre principalmente de profesionales provenientes de las Ciencias Sociales y del Comportamiento (Trabajo Social, Psicología, etc.). En segundo lugar, la tenemos que relacionar también con un gran aumento de la alarma social sobre el tema, de la que, a su vez, podemos destacar tres aspectos: uno social, el aumento de hechos delictivos relacionados de alguna manera con las drogas; otro cultural, la imagen de que “la droga” es la causa de lo que se crea entonces como concepto en España, la inseguridad ciudadana; y un último político, la gran polémica sobre la seguridad ciudadana del año 1983/84, después de que el entonces nuevo gobierno socialista introdujera algunas modificaciones “liberalizadoras” al Código Penal respecto a las drogas. En efecto, hay un tipo de delitos muy característicos, como son los atracos a bancos y los asaltos a farmacias, de los que España es el campeón mundial en aquellos años. Lo que es totalmente falaz y confunde las relaciones causa-efecto es el discurso dominante del momento (que me temo todavía persiste en ciertos sectores) de atribuir aquello a “la droga”, que amplía la alarma social de forma desaforada, sobre todo por parte de ciertos sectores interesados políticamente en “reventar” tanto el proceso democrático como la entonces reciente victoria socialista. Pero, a parte de que coinciden varios factores, como las profundas y desordenadas transformaciones ligadas al proceso de urbanización de amplias zonas de la sociedad española, o el desarrollo de un “modelo delincuencial” de comportamiento, previo a su encuentro con las drogas, por parte de una generación de jóvenes que llegarán a ser excluidos, la fuerte reacción social contra ellos y el propio discurso hegemónico de tipo dramatista sobre la heroína y su síndrome de abstinencia acabó actuando como inducción y refuerzo de algunos de estos comportamientos. Muchos de los cuales, efectivamente, serán decisivos en lo que acabará siendo “carrera drogadicta” de muchos de aquellos jóvenes. Mientras que aquella “expansión asistencial” de los primeros ochenta se hacía bajo el modelo hegemónico de los tratamientos libres de drogas y las instituciones totales, los problemas, antes señalados, de la segunda mitad de los ochenta y que se desarrollan en la década de los noventa, provocan nuevas respuestas.

Al lado de la proliferación de fundaciones, asociaciones y muy diversos tipos de ONGs, podemos ver el desarrollo y la coordinación pública de las políticas asistenciales para drogodependientes, que implican la consolidación de un sector profesional cada vez más importante. Dentro de estos sectores profesionales, la constatación de la emergencia de una gradual marginalización de sectores de usuarios problemáticos de drogas ilegales, al mismo tiempo que un mejor conocimiento de la heterogeneidad de dichos usuarios, en el que se incluye el reconocimiento de aquellos normalizados socialmente (con trabajo estable, familia, etc.), ha permitido / obligado a una intervención social cada vez más diversificada y pluridisciplinar, con unas bases teorico-metodológicas que se pretenden progresivamente más rigurosas, en la que aquel modelo de tratamientos libres de drogas e instituciones totales ya no es tan hegemónico, sino que debe compartir el espacio asistencial con otros modelos que van adquiriendo progresiva influencia, como el de la política de reducción de riesgos. El Marco Legal. Para tener una visión más completa del funcionamiento de los dispositivos institucionales de las drogas habrá que hacer, también, una referencia al marco legal en el que se han movido. Hasta finales de la transición política, es decir, principios de los ochenta, se disponía, por un lado, del art.344 del Código Penal (adaptado a las exigencias del Convenio único de 1961), destinado en principio al tráfico, y en realidad instrumento privilegiado de criminalización de ciertos usuarios de drogas ilegales; y por el otro, de la antigua Ley de Vagos y Maleantes, adecentada posteriormente con el nombre de Ley de Peligrosidad Social, que permitía la imposición de ciertas medidas coercitivas a un individuo por el solo hecho de ser etiquetado como toxicómano. En 1983, se propuso una reforma del Código Penal tendente a obviar aquellos aspectos del art.344 más criticados desde el punto de vista del garantismo democrático, ya que no respetaba cuestiones elementales como el principio de intervención mínima, el de proporcionalidad, el de la determinación legal de la conducta punible o de la pena. Dicha reforma, como ya hemos mencionado, fue el eje sobre el que se articuló una reacción social a través de la que se introdujo como elemento central en España el concepto de Seguridad Ciudadana asociado al tema drogas-delincuencia. Un conjunto de presiones, tanto internacionales como de sectores populares y de la oposición política, junto a la real complejidad e imposibilidad de “arreglar de manera rápida” el problema, y a la lógica de la rentabilidad política inmediata, llevaron al gobierno a replegarse y plantear una contrarreforma del famoso artículo 344 en 1987. Esta ha sido ya suficientemente criticada desde diversos puntos de vista, tanto a nivel global como en diversos aspectos concretos, siendo uno de los más discutidos las mediatizaciones que se introducían entre población que devenía reclusa y los sistemas de tratamiento.

A todo lo anterior habría que añadirle las distancias y conflictos que la ley penal así reformada -junto con la aplicación de la Ley Corcuera- acrecentaba entre los usuarios de a pie y las instituciones sociosanitarias, dificultando todavía más una normalización asistencial tan teóricamente aceptada por todo el mundo. Ciertamente, la introducción de los programas de metadona a finales de los ochenta, aunque al principio de manera muy tímida y rígida, inducirá a algunos de los cambios significativos que ya hemos mencionado en los 90. Sea como fuere, lo cierto es que el conjunto de leyes que afectan a las drogas en España en la actualidad continúan siendo -más allá de la visión simplista de la lucha entre “malos” y “buenos”, es decir, entre narcotraficantes y Estado-, desde el punto de vista de la salud pública (y en concreto de la asistencia) más un factor de complicación que no otra cosa. Parece razonable pensar, aunque a muchos no nos guste que sea así, que sin la criminalización, la alarma social y, en fin, la creación de un problema social alrededor de “la droga”, seguramente no se habrían conseguido los recursos asistenciales hoy en día dedicados a ello. Pero esto es una fase ya superada y, en estos momentos, el conjunto de leyes sobre drogas y la dinámica sociocultural que comportan (con la estigmatización como principal elemento), tienden a crear interferencias, dificultades añadidas, a distintos niveles del funcionamiento cotidiano de la red asistencial; así pues, también parecería razonable adecuar las leyes a las nuevas situaciones.

Y hay que decir que se perdió una ocasión de oro para hacerlo, como fue la aprobación del Nuevo Código Penal (el llamado “de la democracia”), a principios de 1996. “Pijos” y “skins” en el supermercado de las drogas. Ha llegado el momento de la posmodernidad que algunos, confundiendo deseos con realidades, vaticinan como el fin de la historia. De todos modos, está claro que la cómoda instalación de antiguos “progres” en el poder, la caída del muro de Berlín, la progresiva e intensa internacionalización y concentración del capital, con sus correspondientes desregulaciones, son el telón de fondo de unas profundas transformaciones que provocan crisis que requieren encontrar nudos de consenso de la población alrededor del poder: el “problema de la droga” ofrecerá uno de ellos, como se podrá constatar, por ejemplo, al recordar que éste ha sido uno de los argumentos principales para la instauración de leyes de excepción, que en realidad están destinadas a controlar poblaciones (en muchos casos jóvenes) que sufren de lleno los efectos de las mencionadas crisis, como son las ya mencionadas Ley de Seguridad Ciudadana (Corcuera) o Ley de Extranjería. Esta época se simbolizará en las culturas juveniles de dos tipos de jóvenes definidos en gran parte por elementos de clase. Por un lado, los “pijos”, es decir, aquellos jóvenes de orientación conservadora, pertenecientes a clases acomodadas que no plantean ninguna alternativa a la sociedad en la que viven, porque ya les va bien, y cuya finalidad principal es prepararse para sustituir a sus mayores en las labores de dirección de la sociedad y, mientras tanto, pasarlo lo mejor que se pueda. Quizás no constituyan una cultura juvenil en el sentido estricto del término, o por lo menos no han sido etiquetados como tal por el pensamiento hegemónico, aunque sí muy bien identificados por otros grupos juveniles (v. Barruti, 1990). Pero no hay duda que la droga que los simbolizaría, y que circula en gran manera entre ellos es, además de otras, la cocaína, con sus connotaciones de agresividad, éxito y status. Mientras que, por otro lado, los “aguerridos” skins, destilación caricaturizada de los valores que han ido emergiendo como dominantes cuando nos acercamos al cambio de década (ante el escándalo asombrado de algunos devotos – y “moderados”, eso sí- practicantes y beneficiarios de los mismos, aunque normalmente en situaciones sociales mucho más protegidas) se identifican con usos de drogas estimulantes que son versiones más proletarias de la coca: distintos tipos de anfetaminas y otros estimulantes (entre los que el “nuevo” éxtasis se aprecia mucho más como tal estimulante que no por otros aspectos que veremos en la próxima etapa), así como hipnóticos, entre los que destaca uno, muy apreciado durante muchos años por los “usuarios de calle”, el Rohipnol. Esta parece una combinación muy adecuada para aguantar la tensión que significa una “marcha” muy compulsiva pero, al mismo tiempo, perder suficientemente la consciencia ante algunas de las actividades violentas que pueden formar parte de dicha marcha que, si bien pueden producir un placer sensitivo, no dejan de ser fuertemente contradictorias con otro tipo de sentimientos y percepciones que puedan tener.

A partir del inicio de la década de los 80 se dan, pues, las condiciones que permitirán la instalación de una alarma social en torno a lo que lo que continuará llamándose “el problema de la droga”, sin demasiadas distinciones ni refinamientos conceptuales. Pero, al mismo tiempo, estas condiciones suponen también una cierta inflexión en las percepciones que analizamos: en parte por el interés de las distintas administraciones públicas por el tema, y en gran parte por la progresiva presencia del mismo, habrá una mayor información, un trato más directo con los problemas relacionados con las drogas ilegales, así como los que se evidencian con las drogas legales, y la constatación de la ineficacia del modelo represivo y de algunas de sus complicaciones. Todo ello llevará a un cierto cuestionamiento de este modelo que, por lo menos parcialmente, se irá sustituyendo por un modelo de tipo medicalista que amplía el concepto de droga también a las legales, y que centra la cuestión en términos de salud pública. Pero mientras tanto la asociación droga-delincuencia ha ido generando un grado de malestar cada vez más elevado, así como una demanda de respuesta social inmediata. Ya hemos visto que la derecha sociológica española explota políticamente a fondo dicha asociación, tanto en la etapa de la transición como, en concreto, cuando el año 1983-84 el gobierno del PSOE intenta un tipo de respuesta que no es la mano dura de siempre, por otro lado, comprobadamente ineficaz.

De todos modos, pronto aquel gobierno progresista se irá echando atrás y se encontrará, además, con el inicio de mobilizaciones de grupos muy directamente afectados. Así se llega a un consenso social que acabará situando a “la droga” como la principal causa de la inseguridad ciudadana, con la cual cosa el paradigma represivo de percepción de la misma, reforzado, acabará tiñendo, por activa o por pasiva, todos los demás tipos de respuestas de orientación medicalista, asistencial, social o cultural.

Mundialización, posmodernidad e identidades juveniles: de la cocaína al éxtasis (1993-1998).

Tal como he dicho en la presentación de este capítulo, aquí voy a cambiar de registro. El lector habrá detectado que al final de cada uno de los cuatro niveles expuestos en la fase anterior me he ido refiriendo ya a las características que cada uno de ellos iba presentando en la década de los noventa. Aquí, aunque he mantenido la referencia a la cocaína en el título, más que nada por una cuestión de un cierto equilibrio con los de las otras etapas, propondré unas hipótesis como posible vía de interpretación de algunos aspectos básicos de los usos contemporáneos del éxtasis.

Estas reflexiones se refieren, evidentemente, no sólo al éxtasis, sino que éste viene a representar a todo aquel conjunto de drogas sintéticas estimulante-empático-alucinógenas que desde hace una temporada son objeto de especial preocupación. Para situar el tema me referiré primero a eso que hemos dado en adjetivar como la posmodernidad, más en concreto, a algunos de los elementos que me parecen más significativos de las transformaciones socioculturales ligadas a los procesos de globalización a los que estamos sometidos: precisamente, uno de los rasgos definitorios por excelencia de la posmodernidad es el de la fragmentariedad que, presente en distintas situaciones sociales, nos puede ayudar a explicar aspectos de algunas de ellas; pasaré luego a señalar la importancia de las formas de gestión del cuerpo en diferentes culturas, para plantear que el uso del éxtasis (o, por lo menos, algunos de ellos) quizá vendrían a llenar carencias relacionadas con ello en nuestras sociedades; finalmente, no he podido reprimirme en exponer la hipótesis de la sensatez, una vez más, como la mejor manera de tratar públicamente la cuestión.

Las transformaciones tecnológicas y sociales que acompañan a los procesos de globalización han supuesto una fuerte acentuación de las especializaciones, lo que significa una profundización en los procesos de individualización, que ha comportado también una mayor dislocación entre los roles sociales que puede jugar un individuo a lo largo de su vida. Es decir, no sólo se pueden producir contradicciones (tal como ya previó el sociólogo alemán Simmel en sus análisis de la vida metropolitana a principios de nuestro siglo), a veces muy difíciles de superar, entre los distintos roles sociales de padre o madre, hijo/a o consorte, profesional, vecino del barrio, perteneciente a un equipo deportivo o a una coral, a un club excursionista, de jugadores de petanca o filatélico, a una iglesia o un partido político, etc. etc. sino que muchos de estos roles han ido “estallando” de alguna manera: desde los cambios en las relaciones generacionales y sus referentes culturales (que tienden a disimular un elemento tan fundamental en nuestra vida, como es la muerte), la transformación de los grupos domésticos (relativa ampliación de los compuestos a base de la recomposición de otros anteriores -los hijos de la primera pareja, etc.-, o de personas que viven solas… ); hasta la movilidad laboral, tanto en su aspecto de la progresiva movilidad espacial que exigen muchos trabajos, como en el de la que se puede dar entre distintos trabajos en la carrera laboral de una persona, que dejan obsoletas las “culturas del trabajo” de las sociedades industriales; pasando por los conflictos planteados por cuestiones tan distintas como, por ejemplo, la redefinición de los roles sexuales y de los mismos géneros, el peso cada vez más amplio, en los procesos comunicativos, de sus aspectos icónicos por encima de los orales o literarios, o por el crecimiento de los riesgos sociales ligados a las grandes tecnologías modernas.

De este modo, hemos pasado de estar encuadrados en sistemas sociales que, a partir de algunos de sus elementos objetivos básicos, podemos visualizar como dotados de una cierta estabilidad / continuidad, a vivir en sociedades con condiciones que tienden a la segmentación de nuestra vida cotidiana. Y en relación con ello, estamos pasando de percibir el mundo a través de las grandes ideologías hegemónicas de la modernidad (humanismo, liberalismo, democracia, comunismo, anarquismo, etc.) a percibirlo también a partir de visiones parciales que ensayamos de ir articulando entre ellas, con mayor o menor fortuna, ya que está claro que las anteriores, tal como estaban formuladas, nos sirven de poco, por lo menos desde el punto de vista de los análisis críticos. Todo ello conlleva un conjunto de dificultades a la hora de elaborar lo que conocemos como el sentido de la vida, de construir nuestras identidades personales y grupales, dos aspectos inseparables de la cuestión. Antes de entrar en el tema del éxtasis, es necesario todavía un pequeño rodeo, para analizar alguna cuestión significativa acerca de la gestión y las técnicas del cuerpo en las sociedades humanas. El cuerpo, esta parte tan fundamental de nuestra persona y del nosotros, “in-corpora” la endoculturación de la sociedad en la que está, procesándola a partir de sus experiencias vitales y manera de ser, a través de los procesos de interacción social. Las técnicas del cuerpo son un elemento básico de la socialización en cualquier sociedad humana en la que cada individuo tiene que soportar / aprender las formas de trabajarlo: desde un período tan importante como es el de la crianza, se van incorporando aspectos como la gestión de la alimentación, de los cuidados referentes a lo que nosotros llamamos salud y enfermedad, la higiene, la presentación en público (vestidos, peinados y otros aditamentos), sus distintos movimientos, tanto básicos, como en diferentes situaciones de trabajo o de “etiqueta social”, el control de las distancias corporales o de los olores o, a un nivel más general, sus formas de expresión, su resistencia y adaptabilidad a distintas situaciones sociales, etc.

En muchas sociedades tradicionales etiquetadas como “primitivas” el cuerpo constituye todavía (o constituía hasta hace poco) un referente central y directo de la vida social. No es solo en referencia a él que se suele elaborar la cosmología (es decir, la idea del mundo) de aquellas sociedades, sino que tiene una gran presencia en la vida cotidiana: el trabajo, el juego y las distintas habilidades corporales, el sexo (tanto como juego como elemento de fecundidad), los rituales medicinales / religiosos, los distintos status sociales… se relacionan directamente con un conjunto de prácticas del cuerpo y alrededor de él que significan algo, y entre las cuales la expresión global de las emociones a través del gesto y el movimiento acostumbran a tener una importancia especial. En muchas de estas sociedades nos encontramos, además, con la presencia de rituales importantes en su vida colectiva, que comportan muchas veces, sea por parte de la comunidad en general o, mas a menudo, por parte de alguno de sus miembros, el acceso a situaciones de éxtasis, de trances o similares. Independientemente de que en ellos se utilicen productos de los que nosotros llamamos drogas (y de que esto resulte más o menos cómodo o gratificante para los que las tienen que utilizar) quiero remarcar que son rituales colectivos en los que el cuerpo juega un papel central, ya que es a través de él como se accederá a cambios en la percepción de la realidad, a contactos con los ancestros o los espíritus, a “cambios de registro”, en definitiva, que permitirán una vuelta posterior a la cotidianidad habiendo superado los desequilibrios personales y sociales que siempre comportan situaciones como, por ejemplo, la incorporación de uno o más nuevos miembros adultos a la pequeña comunidad, el cambio de status de algunos de sus miembros, o la presencia del dolor.

Estos tipos de usos de drogas contribuirán, por tanto, al refuerzo del sentimiento de comunidad. Si respecto a lo que acabo de exponer tengo ya la sensación de haber generalizado excesivamente, se comprenderá que me resulte todavía más incómodo hacerlo respecto a las sociedades urbanas, más numerosas, complejas y heterogéneas por definición. Pero para la reflexión aquí planteada me parece útil (a pesar de que quizás no sea demasiado preciso) señalar lo que creo son dos aspectos básicos de la gestión del cuerpo en ellas: por un lado, su pérdida de centralidad, su situación en un segundo plano (por lo menos aparente), en el sentido de que está mucho más mediatizado que en las sociedades que ahora veíamos; y por otro, su estructuración en unos límites más rígidos que lo que acabamos de comentar (quizás relacionados con la especialización) que comportan, por ejemplo, una expresión no tan directa, o mucho más vicaria, de las emociones. Incluso para la juventud, a pesar de ciertas imágenes “juveniles” que se difunden en la configuración de una cierta cultura popular urbana (sobre todo, a través de la publicidad o los medios de comunicación), el control corporal que se exige en la escuela, en el trabajo o incluso en la calle es notable; habiendo ciertas zonas especializadas de permisividad o, mejor dicho, de orientación hacia un tipo distinto de expresión corporal, como podría ser el espacio doméstico, a nivel privado, o las discotecas, a nivel público. El hecho de situar en el contexto de lo analizado hasta ahora algunos elementos de las fiestas que los anglosajones (y algunos otros por su influencia) llaman “rave”, como son la presencia de multitud de jóvenes en las macro-discotecas con ciertas formas de “presentación en público”, la hiperestimulación sensorial, a través de la música (techno, “bakalao”…) o de los juegos de luces, y el uso de éxtasis, con sus aspectos estimulantes, de ampliación de la empatía y sus toques de alucinación, permitirá explicarnos, por lo menos en parte, el éxito de la comercialización de un fenómeno que, como tantas veces, es capaz de dar algún tipo de salida (por más distorsionada que pueda parecer a algunos) a necesidades elementales que son sentidas por ciertas personas y grupos. Podríamos ver, pues, el uso del éxtasis, tanto en el contexto de lo que denominaríamos las “nuevas culturas rave” como en otros más minoritarios, pero siempre de marcado corte generacional e interclasista, como un intento de recomposición del individuo, dentro de su grupo “biológicamente” más inmediato, en busca de aquellos elementos más ausentes en una sociedad fragmentada, que reprime la expresión de las emociones a nivel corporal y se caracteriza por el predominio de las relaciones sociales “duras”.

A través de este uso se recuperan elementos como la expresión corporal más o menos frenética por el baile, en el sentido más amplio del término; las emociones en las relaciones interindividuales a través de la empatía; se trata de unas prácticas que permiten también recuperar, y bucear más o menos a fondo, en la propia individualidad y, en este sentido, son muy individualistas (uno puede estar tiempo y tiempo bailando ensimismado); pero al mismo tiempo, que sólo se pueden realizar en toda su plenitud si uno está completamente inmerso en la multitud de iguales, en la propia “tribu”. Finalmente, sus efectos alucinógenos podrían facilitar una cierta recomposición del yo después de la fragmentación provocada sensitivamente por ellos. Se puede interpretar, en definitiva, que quizás debajo de ello haya algún tipo de búsqueda de identidad, en este mundo tan fragmentado y sin perspectivas de futuro (por lo menos para grandes sectores de la juventud), pero no de una identidad “en mayúscula”, que se refiera principalmente a una pertenencia ideológica, sinó de una identidad actual, material, sensual, “de piel”… y, por lo tanto, de una identidad que se expresa en cada “ahora” y “aquí” que se realiza, sin que se plantee un (im)probable futuro (im)perfecto, como había ocurrido en otras épocas y situaciones sociales.

Está claro que estamos delante una cuestión que, para determinados casos, puede plantear sus dificultades de gestión. Ahora bien, según como se aborde desde las instancias institucionales, se puede contribuir a disminuirlas o aumentarlas todavía más. En muchos casos se puede observar que el uso del éxtasis se da en grupos de jóvenes con otros muchos intereses (músicales y creativos en general, de conocimiento, relaciones sociales, etc.), por lo que creo que aquí lo único que nos debería preocupar es que esta parte de su búsqueda personal se pudiera hacer en las mejores condiciones posibles. Pero si ésta es la única experiencia gratificante que muchos otros jóvenes pueden incorporar con intensidad emocional después de una semana de curro o de buscarse la vida de forma más o menos precaria, es evidente que es más fácil que genere una adicción alrededor de ella.

Creo que, en lugar de intentar eliminarla, como de manera utópica y contraproducente se ha hecho hasta ahora con muchas drogas, mejor nos iría a todos intentar ver cómo se puede gestionar este tipo de adicción, en el contexto de las grandes y pequeñas dependencias que configuran nuestra vida como seres humanos, para que no resulte un impedimento más a las ya difíciles condiciones de inserción social de grandes sectores juveniles, sino un tipo de experiencias a través de las que puedan haber aprendido algo sustantivo para su vida.

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