7/11/12

¿La culpa es de la fiesta?

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Article de Miguel Molina
Font: La Vanguardia. 7 de novembre de 2012.
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Según las estadísticas, la macrofiesta más trágica celebrada en los últimos decenios en Europa tuvo lugar en 1989 en Sheffield, Inglaterra. Murieron 96 personas aplastadas como consecuencia de una avalancha que se produjo sin motivo aparente. La investigación policial concluyó que la causa había sido el mal estado del recinto.

A diferencia de lo que sucede ahora en España a raíz de la tragedia del Madrid Arena (cuatro chicas muertas al formarse un tapón humano en un pasillo en una fiesta de Halloween), entonces nadie atribuyó el origen del suceso a un problema sociológico y familiar que llevara a los jóvenes a amontonarse en espacios cerrados por sentimiento de pertenencia a la tribu. Recordemos que –seguramente con la mejor de las intenciones– el fiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, dijo el lunes que detrás del accidente de Madrid “hay todo un problema sociológico generacional, familiar, de estructura familiar que hay que atender”.

Hay que aclarar que lo que se celebraba en Sheffield no era un aquelarre de música juvenil, sino un partido de fútbol entre el Nottingham Forest y el Liverpool. Aunque el desencadenante de las muertes fue en ambos casos que la multitud no encontró vías de escape en un momento de pánico, a nadie se le ocurriría criminalizar a los asistentes a un espectáculo tan respetable como el fútbol. En cambio, a los chicos y chicas del Madrid Arena se les considera, además de los principales afectados por una organización deficiente, como las víctimas propiciatorias de la crisis de la familia tradicional: decidieron pasar la noche del 31 de octubre bailando y jaleando a sus dj preferidos en lugar de quedarse en casa estudiando. En consecuencia, según este razonamiento, de haber crecido en un entorno menos desestructurado no habrían estado allí tentando al desastre.

Por activa (desmadrarse en una fiesta) o por pasiva (ensimismarse en su habitación multipantalla), el recurso a sospechar de los jóvenes parece irresistible. Y esto no ha hecho más que empezar. En este país condenado a años de penuria, los equipamientos de ocio serán cada vez más obsoletos.

Al mismo tiempo, seguirán suprimiéndose puestos de trabajo en la Administración y, con ellos, los de los inspectores que deberían velar por el cumplimiento de la normativa en recintos que acogen a mucho público. La inexorable retirada del Estado de la vida pública conlleva también eso: por mucha normativa de seguridad que establezcamos –y esta es una sociedad acostumbrada a legislar a golpe de titular–, las probabilidades de que la ley se cumpla serán inversamente proporcionales a la disminución de los recursos públicos destinados a su aplicación.

Un reportaje publicado el domingo en este diario advertía de que sucesos como el de Madrid pueden repetirse a diario, pero lo más probable es que sigamos debatiéndonos entre la nostalgia por una juventud imposible y el respeto a unas normas que nadie obligará a cumplir.

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