2/11/10

La generación del Búnker

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Font: La Vanguardia. 29 d’octubre de 2010. 
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A finales de los 90 se detectaron los primeros casos en Japón, aunque no fue hasta que arrancóel siglo XXI cuando saltaron las alarmas. Jóvenes veinteañeros –en su inmensa mayoría chicos– habían hecho de la habitación su mundo, del que apenas si salían para comer, ante la mirada atónita de unos padres a los que casi no dirigían la palabra y con la única compañía de un ordenador. Fue entonces cuando los expertos empezaron a apuntar los riesgos de que los menores dispusieran de conexión a internet en sus dormitorios.

Aún teniendo en cuenta las grandes diferencias con el fenómeno japonés, muchas voces  alertan sobre las consecuencias de que niños y adolescentes pasen su tiempo en familia solos entre cuatro paredes; entre ellas, ausencia de comunicación entre hijos y padres. Una advertencia de mayor calado si se tiene en cuenta que los pequeños acceden a las tecnologías de la información cada vez a edades más tempranas. Pero, pese a las advertencias, la realidad es que en la actualidad cuatro de cada diez menores españoles aseguran que se conectan a la red desde su habitación. En toda Europa, la media es aún más alta hasta rozar el 50% de los niños y adolescentes entre 9 y 16 años.

Así lo indica el reciente estudio de la Comisión Europea Riesgos y seguridad en internet: la perspectiva de los menores europeos, en el que han participado más de 23.000 chicos y chicas usuarios de internet de 23 países europeos. Los especialistas se sorprenden al comprobar cómo no se aplican en la práctica las medidas “de sentido común” que pueden contribuir a minimizar los riesgos que acarrea internet. Porque insisten en que, aparte de los innegables beneficios que comporta la red, no hay que obviar que puede ser una plataforma para acceder a imágenes sexuales, enviar o recibir mensajes de tipo sexual, sufrir acoso o quedar con desconocidos.

Jesús de la Gándara, jefe de la Unidad de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos, defiende que es un error atribuir la falta de control y comunicación parental, materializada en el denominado síndrome de la puerta cerrada, al uso de las nuevas tecnologías. “No podemos echar la culpa a internet. El niño que se pasa las horas solo en su habitación navegando o jugando on line ¿por qué lo hace? Les compramos un ordenador por Navidad y luego les dices que no lo use”, comenta. En su opinión, lo importante es que “los sanitarios, los padres, estén al tanto de lo que le ocurre a los niños para que se puedan detectar cuanto antes comportamientos peligrosos, porque el uso inadecuado, excesivo y problemático de internet suele ir asociado a patrones patológicos de depresión, fobias, aislamiento”.

La encuesta de la Comisión Europea revela que hasta el 41% de los menores españoles de 11 a 16 años afirma “haber experimentado una o más formas de uso excesivo de internet”, frente al 30% e media entre los europeos de esa misma edad. Para Jorge Flores Fernández, fundador de Pantallas Amigas, una iniciativa para la promoción del uso seguro de las nuevas tecnologías en la infancia y la adolescencia, los padres han accedido a instalar el ordenador en la habitación principalmente por “dejadez”. “A día de hoy no han tomado conciencia clara de lo que esto significa, de los riesgos que conlleva no saber qué uso hacen los chavales del ordenador, de las horas que pasan frente a él, de cómo poco a poco la comunicación entre ellos se va enfriando. ¡Ya es complicado mantener una buena comunicación con los adolescentes cómo para encima poner tabiques de por medio!”, señala. Flores siente un “cierto desanimo” al comprobar cómo cae en saco roto el mensaje que desde hace años lanzan distintos organismos y asociaciones pidiendo a los padres que instalen los ordenadores en las zonas comunes y no en las habitaciones de los niños, aunque eso resulte más cómodo para la convivencia. “Algunos adultos creen que poner el ordenador en una zona común es una invasión de la intimidad, cosa completamente falsa. El que esté en el salón no implica que se miren los correos, es más una función de normalización de la vida digital. Además, es la mejor manera de compartir esa vida digital, de la que tantas lagunas tenemos los adultos frente a una generación que ha nacido en ella”. E insiste en que supervisar la relación de ese hijo con el ordenador no tiene nada que ver con controlar. “Los padres deben establecer una dieta digital, es decir, indicar por ejemplo cuándo y cuánto se puede utilizar el ordenador, al igual que lo hacen con la comida o con el dinero, o con cualquier otra cuestión doméstica”.

Los expertos consultados por este periódico insisten en la necesidad de que los padres hagan el esfuerzo de incorporarse a las nuevas tecnologías como un elemento de conexión con los menores. Las consecuencias de no hacerlo son muy negativas para la relación, la incomunicación y a la integración, en lo que el sociólogo Javier Elzo denomina, familia nominal.

Esta es, según Elzo, el modelo mayoritario en la sociedad española (42%). Se trata de una familia en la que las relaciones de padres e hijos pueden ser calificadas, con absoluta propiedad, como de coexistencia pacífica más que de convivencia participativa, ya que se comunican poco. Los padres están, en gran medida, cohibidos, desimplicados, sin que aborden con una mínima profundidad lo que requieren sus hijos. Una familia que destaca de las demás por ser la que, en menor grado, refiere que haya conflictos en su seno, no tanto porque no los haya sino porque ha decidido no enfrentarse, no enterarse de los problemas.

“Depende de los padres” Carles Feixa, doctor en Antropología Social

Ya en el 2005 hablaba de cómolos adolescentes disfrutaban de su propio espacio al disponer de una habitación para ellos solos y cómo se había reducido el contacto entre hijos y padres. ¿El fenómeno se ha incrementado con la actual generalización del uso de internet?

La transición hacia la sociedad de la información en general, y la democratización de las redes domésticas basadas en ADSL en particular, hacen viable –pero no inevitable– la revolución de la habitación teenager. Es decir, por primera vez es teóricamente posible tener una vida material y social sin salir de la propia habitación. Pero de la teoría a su generalización práctica hay una brecha a superar, que es social: el cambio en las relaciones paternofiliales. Todos los adolescentes han tenido experiencias de tener una vida en su propia habitación, pero no todos se encierran en ella para evitar vivir en familia.Yeso, más que de los chicos y chicas, depende de los padres y madres. No creo que pueda afirmarse rotundamente que se ha reducido el contacto entre padres e hijos. Lo que ha pasado es que este contacto se vuelve más puntual, aunque puede ser igualmente intenso, y sobre todo es más prolongado en el tiempo (nunca los hijos habían vivido tanto tiempo con sus padres). Y frente a esa realidad en cierta manera inevitable, la buena educación exige huir de dos extremos igualmente perniciosos: dejar que campen a sus anchas sin ningún control, y la intromisión constante y agobiante en su espacio íntimo.

Ha hablado del riesgo de aislamiento entre los chicos y chicas, incluso ha aludido a lo que ocurre en Japón con los hikikomoris (jóvenes que viven encerrados en su habitación). ¿Existe la posibilidad de que llegue a España?

Como tendencia ya ha llegado: y como patología individual también. En cambio, no creo que se generalice como patología social, porque el contexto social y cultural es distinto y no hay esa presión tan fuerte por triunfar en la vida.

¿Qué consecuencias puede tener el adelanto de la edad en el acceso a la red?

Lo preocupante es que no va acompañado de un adelanto en la formación en el uso crítico de las TIC, que va mucho más allá a tener laptops en las aulas. Los jóvenes tienen muchos conocimientos de internet, pero a menudo no tienen conciencia de su ignorancia; saben cómonavegar pero no hacia donde hacerlo. En realidad, la invasión de la habitación se da más con los medios
clásicos –la televisión– que con los nuevos. El reto es diseñar nuevas viviendas donde, además del espacio de los hijos y el de los padres, existan espacios compartidos, las antiguas salas de estar convertidas en ciberespacios domésticos, donde la familia se conecta junta aunque no revuelta al mundo digital, pero a veces también comparte otras cosas como juegos o diversiones.

¿Cómo se orientan los adolescentes en la red?  Jose R. Ubieto, psicólogo clínico y psicoanalista

Cada día resulta más frecuente leer noticias, algunas dramáticas como el caso de la niña chantajeada en Facebook, sobre niños y adolescentes referidas a esos nuevos territorios que habitan, en este caso territorios virtuales: internet, móviles… La comunidad virtual trasciende las fronteras de espacio y tiempo para reunir a adolescentes de manera frecuente a través de conversaciones permanentes (chats, foros, SMS), de competiciones (juegos on line) o de fórmulas de encuentro (quedadas on line).

Lo interesante es que cada vez más se cruzan los territorios, reales y virtuales, hasta el punto de cierta indistinción, ¿qué hay más real que las largas conversaciones por móvil o los cientos de SMS compartidos? La calle y la pantalla se retroalimentan sobre todo a través de esas filmaciones que terminan en You-Tube, el gran foro global. Los jóvenes usan la tecnología como siempre hicimos con los objetos a nuestro alcance, con un doble objetivo. Por un lado, obtener una satisfacción autoerótica, ligada al propio cuerpo, y por otro propiciar la conexión con el otro. Salvo excepciones patológicas (fenómenos adictivos o de reclusión), donde el
uso es claramente autodestructivo, las nuevas tecnologías interactúan entre la soledad del internauta y el lazo social. Por eso hay espacios de franja entre ambas realidades como los locutorios, los juegos on line de equipo, el uso de las webcams, las cadenas de mensaje, todos ellos lugares de cita. Freud ya nos advertía, en El malestar en la cultura, que el hombre, con sus herramientas, ampliaba el poder de sus órganos, al tiempo que su capacidad de destrucción (armas). Las redes sociales –desde el viejo Messenger hasta los actuales Facebook o Twitter– ayudan también a atemperar la angustia de esa soledad del sujeto, a veces sin otra comunidad de pertenencia más sólida.
Nuestra experiencia en el proyecto de trabajo en red, Interxarxes, nos ha enseñado que toda red, además de la función de apoyo y sostén, puede ser también una trampa. La paradoja que revelan estas redes es que la liberación que prometían, al permitir la transparencia y la total exhibición, contiene también un lado oscuro. Ese destape no sólo está permitido, sino que además deviene obligatorio y allí está la trampa.

Es el caso de la nueva web justspotted.com, donde los famosos están localizados en todo momento gracias a los colaboradores voluntarios que los persiguen cámara en ristre en todo el mundo, como si llevasen un GPS injertado. Las estrellas aparecen enjauladas en un mapamundi virtual y a expensas de quien quiera seguirlas. Nos imaginábamos viviendo en la era de la imagen, pero quizás deberíamos pensar que lo hacemos en la era de la mirada, donde a veces gozamos con ella pero otras, cuando somos mirados, nos inquieta porque nos sobrepasa. Parece, como señala el psicoanalista francés Gerard Wacjman, el régimen de El ojo absoluto. Fenómenos como el sexting (envío de fotos privadas de carácter erótico), el ciberbullying (acoso e intimidación) o la paidofilia on line muestran cómo esa realidad necesita crear su propia regulación. Los niños y adolescentes son los más vulnerables frente a las novedades de esta realidad virtual y por eso conviene ayudarles en el manejo de esos nuevos objetos, no en el uso técnico, donde ellos rápidamente encuentran la clave, pero sí en el cálculo que conviene hacer de sus consecuencias, presentes y futuras.

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